
El otro día le hice una consulta a la IA sobre una traducción en la que estuve trabajando. Después de varios intercambios y muchos ajustes, la conversación fue tomando forma. Se fueron ramificando opciones, lecturas, opiniones, ejemplos y contraejemplos. En un momento me recomendó la lectura de una escritora de la que nunca había escuchado: Jenny Offill. Entonces Claude se personificó: de repente era un amigx con quien discutía sobre libros y nos sugeríamos lecturas. Ya sé, es un poco bobo ver así la situación cuando en verdad hay un algoritmo funcionando subyacentemente y no es un vínculo real. ¿O un poco y un poco?
Seguí la recomendación de Claude y leí Clima, la tercera novela de Jenny Offill. Escrita en primera persona, la narradora es Lizzie Benson, una bibliotecaria de Brooklyn, está casada, es madre de un niño pequeño y prácticamente está a cargo de un hermano adicto a las drogas. También ayuda a una antigua profesora que tiene un podcast sobre el cambio climático a responder la correspondencia que recibe.
Me encantó. Escrita en breves párrafos, es la reivindicación de la fragmentariedad como producto de un proyecto estético deliberado, pensado, orquestado y trabajado. Me la paso leyendo, sobre todo por dinero, textos supuestamente fragmentarios cuando lo único que reflejan es ansiedad por publicar, como si eso significara per se algo bueno, y pereza a la hora de sentarse a trabajar, leer, corregir, volver a leer, dejar reposar, leer de nuevo.
Offill se las ingenia para retratar con ternura, humor y acidez en iguales proporciones estos tiempos contradictorios, violentos y globalizados que estamos viviendo. Con la excusa de su ocupación de bibliotecaria y la correspondencia que responde a gente que se prepara para el fin del mundo, Lizzie es un repositorio infinito de datos curiosos, no chequeados, divertidos e inservibles (aunque ya quisiera yo estar cerca de ella cuando ocurra la rebelión de las máquinas).
Coda 1. Hace unos años, antes de la pandemia, yo andaba con el corazón roto y una amiga querida me invitó a un grupo de lectura: Ávidas contertulias. Son amigas de toda la vida, cursaron la facultad durante la dictadura o en la primavera democrática. Son curiosas, inteligentes, ácidas, implacables. Las adoro. Hablan de Piglia o de la China Ludmer como solo puede hacerlo quien fue contemporáneo y mantuvo un vínculo estrecho. Varias veces al año nos juntamos a conversar sobre un libro que previamente votamos. En el último encuentro se sumaron dos amigos y otra amiga más, los tres ocurrentes y maravillosos, y leímos Principio, medio, fin, de Valeria Luiselli.

Es un libro que esperaba con mucha expectativa, vengo leyendo todo lo que publica con gran entusiasmo. Pero no me gustó. Desde ya está muy bien escrito y tiene frases preciosas, Luiselli es una gran escritora, pero me pareció un libro pretencioso. Las partes más reflexivas son pura hojarasca. Es como si hubiera una suerte de checklist paralela a la novela: comentarios (seudo)feministas: check!; comentarios ecologistas: check!; comentarios sobre la inmigración y el avance de la derecha a nivel mundial: check!; comentarios sobre la maternidad: check!; comentarios sobre las relaciones sexoafectivas hoy: check!; una cita de Annie Ernaux: check! Por otra parte, repite la misma estructura de Desierto sonoro y el final, una vez más, queda en la voz de uno de los niños.
¿Quizás se trate simplemente de una propuesta literaria conectada con su época? Es cierto que estos son «los temas» del momento. Más la estructura fragmentaria (check!). Acá me enfrento a una disyuntiva que me desvela (hola, hipérbole) en los últimos tiempos: leer a lxs contemporánexs para sentir el pálpito del presente o dejarse de perder el tiempo (el poco que nos queda) y dedicarse a leer esa biblioteca maravillosa e inexplorada de décadas pasadas (hace años que quiero leer La montaña mágica y ni siquiera me lo compré). ¿O un poco y un poco?
Conversé con varias personas que leyeron la novela y postearon comentarios e incluso escribieron reseñas. Son lecturas correctas, no particularmente elogiosas ni tampoco críticas, más bien una sinopsis de la trama. Pero entonces, en la charla íntima, aparece la lectura más sesuda, crítica, ocurrente y filosa. Ya sé que es un lugar común, pero ¿dónde hay espacio hoy para la crítica?
Coda 2. La otra noche fuimos al Teatro San Martín a ver Manifestum, con Marilú Marini y Franco Torchia. Es una suerte de conferencia performática en la que leen/recitan una selección de textos y testimonios de María Belén Correa, Andrea Cukier, Esther Díaz, Daniel Link, María Lugones, gaita nihil, Javier Sáez, Cande Schamun, Alejandro Tantanian, Liliana Viola y Marlene Wayar. Qué hermoso es que alguien te lea. Son textos muy duros, pero también luminosos y necesarios para pensar «lo diferente», el cuerpo, el deseo, la intimidad, el rol del Estado, la imaginación. Las voces diáfanas y llenas de pequeños matices de ellxs dos son encantadoras.

Salí de la sala tan contenta, contenta por haber ido, contenta por la sensación de comunidad activa, contenta incluso por cierta esperanza renovada. Me estoy enroscando cuando lo que simplemente quiero decir es que un contexto violento y desalentador, con un gobierno que está rompiendo todo, absolutamente todo, este tipo de manifestaciones artísticas no solo son un espacio de resistencia, sino también un buen lugar para recargar pilas y para confirmar, una vez más, que los pequeños gestos también suman.
Coda 3. Hace unos días cumplí años. 48: el muerto que habla. Supongo que la cosa sigue más o menos igual: mi abuela Ermelinda, desde que falleció, me habla todos los días.

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