Despacho de objetos perdidos

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Un despacho de frecuencia inesperada, pero también un archivo, de esos objetos perdidos que andan yirando por ahí: un libro, una película, cartas, una reflexión, fotos de un viaje, una obra de teatro, una serie, una idea.

Pompeya: Bajo las nubes, de Gianfranco Rosi

Antes de que veamos ninguna imagen, una frase de Jean Cocteau presentadora del gran personaje, bello y omnipresente de las siguientes dos horas: «El Vesubio fabrica todas las nubes del mundo».

Se trata de la tercera parte de una trilogía de este cineasta ítalo-estadounidense, las otras dos películas son Sacro GRA (2013) y Fuocoammare: Fuego en el mar (2016), todas abordan la vida italiana de hoy. Pompeya tiene una particularidad: decir que está filmada en blanco y negro es como no decir nada, porque lo que consigue Rosi es poner en pantalla todos los blancos del mundo, todos los negros del mundo, esos colores a los que todavía no les pusimos nombre. Las imágenes van apareciendo a medida que el juego entre luz y oscuridad se va desarrollando, interrumpido por grises de una belleza poco vista. Mientras una nueva erupción del Vesubio está latente, la vida continúa: un grupo de arqueólogos investiga los cuerpos petrificados que dejó la erupción del año 79, una de las más famosas de la historia, que sepultó bajo varias capas de ceniza volcánica no solo a Pompeya, sino también a las ciudades cercanas de Herculano y Estabia. Se calcula que en ellas vivían alrededor de veinte mil personas. Las ruinas de Pompeya fueron descubiertas a finales del siglo XVI por el arquitecto Domenico Fontana, sin embargo, las excavaciones recién comenzaron en el XVIII. Es fascinante.

Una empleada del museo arqueológico de Nápoles va recorriendo depósitos donde guardan antiguas esculturas, el deterioro y la falta de mantenimiento se vuelven evidentes. En el cuartel de bomberos reciben llamadas de gente preocupada porque sintieron un temblor. Un hombre mayor abre una suerte de librería de viejo en la que da apoyo escolar a un grupo de chicos. En una vieja sala de cine, prácticamente en ruinas, se proyectan imágenes de Viaje a Italia (1954), de Roberto Rossellini. Y no podían faltar los famosos tombaroli: los saqueadores de tumbas.

No hay voz en off que guíe el relato, por lo que quizás las primeras escenas puedan parecer un poco caóticas, pero hay una suerte de hilo invisible que todo lo va uniendo, probablemente se haya tejido en el montaje y la edición, entonces esta decisión estética se agradece, no hay manipulación pedagógica y así nos dejamos llevar en un viaje conmovedor y atemporal, porque la división entre presente y pasado acá no existe, es una coexistencia permanente. Y perfecta.


Coda 1. Si aparecen los tombaroli hay una coda obligatoria: la bellísima película La quimera (2023), de la cineasta italiana Alice Rohrwacher. En la campiña toscana de los años 80, un joven arqueólogo (protagonizado por Josh O’Connor) se une a un grupo de saqueadores de tumbas con quienes comparte sus conocimientos, e incluso ciertas habilidades extrañas, para ganarse la vida expoliando. Encantador y melancólico, vive suspendido en el tiempo sin poder superar la pérdida de un gran amor.

Coda 2. Pompeii: La furia del volcán (2014), de Paul W. S. Anderson. Dios mío qué mala malísima que es esta película. Hay presupuesto y hay figuras reconocidas (Kit Harington y Kiefer Sutherland), pero no hay acción, ni trama, ni tensión, ni pochoclo, ni guilty pleasure.

Coda personal. Este año conocí Pompeya. Imperdible. Solo comparto un dato: evidentemente soy bastante ñoña a la hora de viajar, me gusta saber sobre la historia del lugar, sus costumbres y leyendas, en fin, y hay veces que recorrer por tu cuenta no te permite acceder a esta información, por lo que recomiendo hacer la visita guiada en el Parque Arqueológico de Pompeya. Son alrededor de 45 hectáreas apenas señalizadas y ubicarse en el mapa que te dan es prácticamente imposible. Por ejemplo, en el Teatro Grande el guía hizo una cruz en el piso del escenario (es de gravillas) y cada uno nos fuimos parando ahí y dijimos una palabra: la acústica del lugar es increíble, solo con este «truco» se puede percibir. Como sea, la visita dura unas tres horas, lo que deja varias horas libres por delante para recorrer y perderse a piacere.

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