
Me gustó haber ido al cine a ver la primera película de una directora. No se me ocurre una palabra mejor que compromiso, pero me suena rimbombante cuando simplemente lo que quiero decir es que creo que hay que bancarlas. Bancar a las directoras de cine. Aunque entonces surge la contradicción: es una persona que hace cine y punto, ¿qué importa su género? Pero sí importa. Menudo tema el del cupo, ni siquiera tengo una opinión del todo formada, pero si en la categoría de mejor director/a en los últimos premios Oscar de cinco nominados solo una fue mujer, algo pasa. Después habrá que ver si hay espacio para hacer una crítica sincera, quiero decir, más allá de que se trate de la obra de una directora.
Gioia mia es una de esas películas chiquitas, sin pretensiones, con personajes tan bien construidos que pasados unos días te siguen acompañando. Nico es un preadolescente que vive en alguna ciudad del norte de Italia y a quienes sus padres mandan a pasar un verano a lo de su tía abuela Gela, en Palermo. No se conocen y el encuentro es un choque generacional y socio-económico brutal. Frente a la falta de internet, aire acondicionado y comida chatarra, Nico le reclama a la madre en una llamada telefónica: «Me mandaste a la Edad Media».


A medida que avanza la trama ambos protagonistas se irán acercando, hay un duelo que sanar y un secreto que pide salir a la luz, mientras comparten su cotidianidad con las vecinas amigas de Gela y sus nietos. Es acertadísima la decisión de Spampinato de dejar fuera de foco a la generación intermedia, la de esos padres ocupados en sus cosas. La alegría del verano es para niños y señoras mayores. Lejos de estereotipos for export (por ejemplo la comida, que tiene un rol fundamental en la vida diaria italiana, se vuelve una suerte de protagonista más. Gela le enseña lo básico a Nico y a él se le va abriendo y refinando el apetito), quizás haya situaciones que se vuelven previsibles, pero qué bien que a veces lo previsible efectivamente suceda.
Única coda. Es casi infinita la lista de libros y películas sobre nietos y abuelos, pero elijo una novela fantástica, de una de mis escritoras favoritas: El libro del verano, de la finlandesa Tove Jansson. En su momento leí una traducción hecha a partir de la versión en inglés, pero desde hace unos años se consigue una traducción magnífica desde el sueco hecha por Christian Kupchik y publicada por Cia. Naviera Ilimitada.

Una abuela anciana y Sophia, su pequeña nieta de seis años, pasan los veranos en una pequeña isla del archipiélago finlandés. La madre de la niña murió hace un tiempo, el padre está completamente devastado y ausente, acá también la generación intermedia se vuelve un fantasmática. El vínculo entre ambas es conmovedor y por momentos incómodo: la abuela es malhablada, testaruda y malhumorada, fuma a escondidas, transgrede las reglas y la hace cómplice a su nieta, incluso por momentos los roles se ven invertidos, pero esta crudeza y brutal sinceridad le permitirá a Sophia un sincero aprendizaje sobre la vida.
-Quiero nadar -dijo la niña esperando una resistencia que no llegó. En consecuencia, comenzó a desvestirse lenta y ansiosamente. «No se puede confiar en la gente que te deja hacer lo que quieres», pensó. Metió los pies en el agua y exclamó-: Está fría.
-Por supuesto que está fría -respondió la vieja mientras pensaba en otra cosa-. ¿Qué esperabas?
La niña se deslizó en el agua hasta la cintura y esperó con inquietud.
-Nada -dijo la abuela-, sabes nadar.
«¡Es profundo!», pensó Sophia. «Se olvida de que nunca nadé donde no hago pie si no es con alguien a mi lado».