Entre las tantas paradojas de la lectura (¿qué lectxr no tuvo que aguantarse ser criticado por aislarse con un libro cuando en verdad está más conectado que nunca con su entorno?), una de las más alucinantes son las ganas de compartir lo leído en cuanto cerramos un libro.
Desde hace un tiempo, todos los meses voy a un grupo de lectura: Refugio de lecturas feministas. Leemos ficción, ensayo y poesía con una única condición: son todos libros escritos por mujeres. El grupo es hermoso: mujeres de veintipocos a cincuenta y algo. Bioquímicas, traductoras, actrices, historiadoras, filósofas, profesoras de inglés y de literatura, psicólogas, licenciadas en letras, montajistas, antropólogas, profesoras de yoga… espero no olvidarme de ninguna. Armamos una lista y votamos. La sutil tiranía de la democracia: hay que leer el libro ganador. Esta parte me cuesta un poco, no voy a negarlo. Es que son muchos años de trabajo en el mundo del libro y por lo general sé qué libros no van a gustarme, pero quizás justamente por eso me obligo, de alguna manera, a no perder la capacidad de asombro y sorpresa. A tener la cabeza abierta para que entre aire nuevo.

La lectura de este mes fue Luciérnaga, de Natalia Litvinova, ganadora del Premio Lumen de Novela 2024. Litvinova nació en Bielorrusia en 1986 y desde 1996 vive en Argentina. Es poeta, editora en Llantén y traductora de poesía rusa. Yo no voté este libro, pero lo leí con cierta predisposición de mente abierta y, sobre todo por las emociones y recuerdos que evoca, con una suerte de compromiso humano y respeto. No me gustó nada.

Tendría unos veintipocos, cursaba la carrera de Letras, y con mucho entusiasmo me anoté en una de las primeras materias: Literatura Latinoamericana del siglo xx. Al finalizar el teórico me acerco a la profesora para hacerle una consulta y, no sé bien cómo sucedió, terminé contándole que en la adolescencia había leído todos los libros de Isabel Allende. Para qué. Una mueca de horror inundó su cara y sin dudarlo me dijo que no perdiera más el tiempo con esa clase de libros que están hechos con una máquina de hacer chorizos. Avergonzada, e incluso herida, no dije nada y me fui. ¿Qué tendrían que ver Paula, Eva Luna y De amor y de sombra? Isabel Allende fue parte de mi educación sentimental e, incluso, política. Cuando leí De amor y de sombra supe de la dictadura de Pinochet, en el colegio no era tema de ninguna materia. También por ella la conocí a Violeta Parra. El tiempo pasó y fui adquiriendo ciertas competencias lectoras, e incluso una concepción de la literatura (y del arte) de la que no tenía ni idea, y que me llevaron a entender a qué se había referido esta profesora (y a coincidir, lo reconozco). Pero hubo algo de la herida que no cerró nunca, que revive cada vez que comparto una lectura contraria a la de otra persona, quiero decir, realmente hago un esfuerzo por no ofender, que solo sea tomada como una crítica a un objeto puntual, no como algo personal.
Luciérnaga es un caos temporal y estructural, no hay fragmentariedad con un fin estético sino que todo apunta a que se trata de breves apuntes, son más de sesenta apartados en un libro de apenas 200 páginas, y los títulos que buscan unir las partes no son más que una cinta scotch gastada. Tampoco hay una voz construida, puede ser una niña, una joven o una adulta la que habla, no hay matices en la narración. Y la pretensión literaria creo que es lo más molesto de todo: abundan las frases rimbombantes. No hay sugerencia ni imaginación. Muchas veces se confunde un estilo seco y directo (como lo que consigue Agota Kristof, que narra horrores inimaginables con una economía descriptiva increíble) con oraciones digeridas que obturan la posibilidad de sentido. Por otra parte, los temas que aborda la novela son muy sensibles: la protagonista nace a pocos kilómetros de Chernobyl el mismo año que explota la central nuclear. Empiezan a llamar despectivamente «luciérnagas» a las personas que fueron evacuadas y también a las que vivían en lugares cercanos y fueron afectadas por la radiación. Diez años después, la protagonista junto con sus padres y su hermano emigran a la Argentina.
Todas somos producto de alguna manera de la migración y tenemos historias, más lejanas o más cercanas, de todo lo que implica ser migrante, lo que se pierde, lo que se añora, lo que se busca. ¿Cómo analizar entonces un objeto estéticamente sin ofender? En tiempos de una corrección política excesiva, de una chatura intelectual que no confronta, creo que este grupo de lectura es un espacio lo suficientemente amoroso y respetuoso para que el disenso ocurra. Ya nos pasó con otros libros que no viene al caso traer ahora. Celebro y agradezco la existencia de Refugio de lecturas feministas.
Coda 1. El Premio Lumen de Novela volvió a estar activo en 2023, es heredero del Premio Femenino Lumen, convocado entre 1994 y 1999, con un jurado original compuesto por Nora Catelli, Ana María Matute, Anna Maria Moix, Cristina Peri Rossi, Elena Poniatowska y la editora Esther Tusquets. Solo pueden participar mujeres que van a ser premiadas por otras mujeres. Entiendo el objetivo original del premio, el contexto en el que surgió, pero treinta años después no puedo dejar de preguntarme si no es tiempo de terminar con estas cosas, quiero decir, ¿cómo protestar entonces cuando en una feria del libro se convoca a una mesa de escritoras para hablar de literatura femenina? Supongo que seguiremos soñando con una literatura sin adjetivos.
Coda 2. Cada vez que nombran a Esther Tusquets me viene a la cabeza Confesiones de una vieja dama indigna, un libro que leí hace muchos años, completamente hipnotizada con ese mundo intelectual lleno de libros, escritores, viajes, amistades, ideas, amores, anécdotas editoriales. Sospecho que si hoy volviera a leerlo me incomodarían algunas partes clasistas e incluso una concepción subyacente de la edición que no comparto. Pero elijo quedarme con la frescura y la admiración de aquellos años, menuda vida la de esta vieja dama indigna.

Coda 3. Como comenté la semana pasada, este año vengo muy manija con las películas del Oscar. Vi Sinners, de Ryan Coogler, entiendo la calidad de los efectos, la música es espectacular, pero no puedo creer que sea la película más nominada en la historia de los Oscar (o sea que le ganó a Titanic). También vi If I Had Legs I’d Kick You, de Mary Bronstein, porque Rose Byrne está nominada a mejor actriz. Es una historia oscura y divertida sobre la maternidad, me gustó mucho y Byrne está genial. Pero claro… ¡compite con Jessie Buckley!, nominada por Hamnet, que es una maravilla absoluta que también vi la semana pasada y a la que me dedicaré, serán muchas pavadas, en el posteo de la semana que viene.


Coda 4. Última: un registro fotográfico clave del verano porteño.
