Tiempo (5/52)

¿Por qué estoy leyendo este libro y no otro? Una pregunta que quizás podría parecer inútil en un primer momento pero que rápidamente cobra sentidos insospechados. Leemos por recomendación (amigos, libreros, reseñas), por estudio, porque leímos otro libro de ese mismo autxr, porque nos gustó la tapa o nos intrigó la contratapa, porque vimos la película, porque salió una traducción nueva que promete ser mejor que el plomo que nos comimos. Y la lista sigue.

Me compré Las tempestálidas, de Gueorgui Gospodínov, en la Feria de Editores 2024 sin tener idea de quién era su autor ni de qué iba la novela, pero confío en el catálogo de la editorial española Fulgencio Pimentel (tristemente mal distribuido en Argentina). A esto se sumaron: la tapa es bella y sugerente; la contratapa anticipa un conflicto vinculado con el paso del tiempo (tópico por siempre interesante); con esta novela Gospodínov ganó el Booker (uno de los pocos premios que siguen siendo coherentes); no sé nada de literatura búlgara (buena excusa para leer algo); siempre ando buscando novelas largas (esta tiene 400 páginas). Y por último, pero no menos importante: en la FED la mayoría de la editoriales se hace el 50% de descuento entre colegas. Era el momento de comprarlo. Estuvo un año y medio durmiendo la mona en un estante de pendientes de mi biblioteca (no hay mesita de luz que aguante). Hasta que lo empecé a leer y no lo solté nunca más.

Gospodínov nació en Bulgaria, en 1968, es poeta y escritor. Las tempestálidas (2020) es su tercera novela y la decisión de traducción de inventar una palabra para el título es más que desafortunada. No entiendo nada de búlgaro, pero con solo poner el título en el traductor de google tira en castellano «Refugio del tiempo». La traducción en inglés es Time Shelter. Definitivamente una decisión inentendible.

El narrador protagonista, un tal Gueorgui Gospodínov, conoce a un personaje inolvidable, un vagabundo del tiempo: Gaustín, que entre varias ocupaciones más es psiquiatra gerontólogo que quiere poner una clínica del tiempo en Zúrich para pacientes con Alzhéimer. Un lugar en el que puedan elegir a qué década quieren regresar. Todo va a ser adaptado y recreado a la perfección. El problema es que se empieza a acercar un montón de gente que no está enferma y simplemente no quiere vivir el presente sino regresar al pasado. Rápidamente los gobiernos tienen que hacerse cargo de la situación, la idea ya se propagó por toda Europa.

Borgeano hasta la médula, no solo porque lo cita explícitamente sino también por indicios como este: «Gaustín, a quien primero inventé y más tarde conocí en carne y hueso. O fue al revés, ya no me acuerdo», Gospodínov construye una novela fascinante sobre el paso del tiempo y sobre las implicancias de un presente desolador. ¿Cómo nos relacionamos, no solo desde lo privado sino precisamente desde lo político y colectivo, con la memoria y la nostalgia? ¿Qué pasaría si pudiéramos elegir vivir en otra década? ¿Cuál elegiríamos y por qué?

El estilo de Gospodínov tiene las huellas de la austeridad que solo puede tener alguien que creció bajo el régimen soviético, pero también una sensibilidad inesperada y sobre todo la capacidad de posar la mirada en lo secundario, en la deriva, quizás para registrar allí el rebote del centro, nítido y estable, transformándolo en un tornasolado siempre imperfecto.


Coda 1. Quedé muy enganchada con Gospodínov y seguí con su último libro, El jardinero y la muerte. No está a la altura de Las tempestálidas y está bien, quiero decir, es un libro chiquito, íntimo, sobre la muerte de un padre. Triste pero tan bellamente escrito (¡es que este búlgaro escribe tan bien!). Y está lleno de huertas y peonías y generaciones nacidas y crecidas bajo el socialismo soviético, y sueños y promesas, cumplidas y de las otras.

Coda 2. Hace unos días me hice una ergometría. Mientras gradualmente caminaba, trotaba, corría en una cinta frente a una computadora enorme y varios electrodos adheridos a lo largo del cuerpo, la médica que me atendió se quejaba acaloradamente, y eso que la que corría era yo, de los dibujitos animados de la actualidad. Que los temas no corresponden para la infancia, que los colores son demasiado estridentes pero, sobre todo, que están disponibles las 24 horas del día. «Nosotras teníamos que esperar a las cinco de la tarde para poder ver He-Man», me dijo buscando complicidad con la mirada. Y me tocó una fibra. Me encantan las series que estrenan semanalmente: Game of Thrones los domingos a las diez de la noche o más recientemente Task, en el mismo horario. Me la imaginé en la clínica de Gaustín pidiendo volver al living de su infancia, a las cinco de la tarde. Terminó el estudio y me despidió con un «Chau, She-Ra».

Coda 3. Vengo muy manija con las películas extranjeras nominadas al Oscar, lo sé, es que este año son muy buenas. Mi candidata sigue siendo Valor sentimental, pero ayer fui al cine a ver otra de la lista: la española Sirat, de Oliver Laxe. Es una película que te llevás en el cuerpo, de hecho salí de la sala con el sistema nervioso un tanto alterado, pero no pasa mucho más. La crítica decolonial que supuestamente plantea la película me pasó inadvertida, o soy yo que necesito las cosas un pelín más claras o hay reseñas dando vueltas que sobreinterpretan a gusto. Y para seguir un poco más con todo este rollo del tiempo, hay justamente en la película una escena, un momento de esos que sin dudas queremos con toda el alma volver el tiempo atrás porque el dolor es inabarcable y lo rompe todo. Así como creo que a partir de ese momento se rompe la película: todo se vuelve un sinsentido no buscado, los personajes que ya no tenían personalidad (son prácticamente intercambiables entre ellos) ahora se vuelven más insustanciales. La historia es atrapante y el problema tiene mil aristas posibles, pero la película se queda a mitad de camino: no es una peli de acción de esos tanques yankis (¿se sigue diciendo blockbuster?), ni una que se la juegue políticamente.

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