
Qué maravilla Buenos Aires y su cartelera cultural activa y variada los doce meses del año. El viernes pasado fuimos al Teatro Cervantes a ver Los días perfectos, una obra unipersonal con Leonardo Sbaraglia, adaptada y dirigida por Daniel Veronese, basada en una novela de Jacobo Bergareche. Diego escribió algunos apuntes, yo otros.
Él dijo: Los días perfectos, relato íntimo más que acontecimiento escénico.
Unas cartas de Faulkner a su amante, encontradas por casualidad en un archivo en un viaje de trabajo, invitan a un hombre a reflexionar sobre su matrimonio, el paso del tiempo, los sueños y lo que ya no va a volver. Nuestro narrador, única persona en escena, elige la segunda persona del singular para contarnos de qué va la cosa. También en formato epistolar, que finalmente adoptará la virtual corporalidad de un correo electrónico, se dirige a su mujer, Paula, que está a casi diez mil kilómetros de distancia, él en New York, ella en Buenos Aires. La idea del tedio en relación a su matrimonio es la que articula todo el monólogo. Recuerdos de una época más luminosa, la descripción de un presente opaco y la propuesta de un futuro que recupere brillo son, en resumen, los puntos a unir para armar la figura final de esta hora y pico de obra.
Es lindo ver a Sbaraglia en escena, en definitiva nos conocemos de chiquitos (yo lo conozco a él). Pero no pasa mucho más que eso. En un unipersonal con un texto sin demasiadas capas y una escenografía despojada, apenas unas paredes con algunas proyecciones, una silla y unas hojas de papel, lo único que hay disponible para construir mundo es el cuerpo del actor. Y Sbaraglia no lo usa. Una escena inicial donde el protagonista relata un juego habitual con su hija por las noches, una guerra de cosquillas, podría haber sido la oportunidad ideal para que el cuerpo asista a la palabra, para mostrarnos lo que no está. Una canción tarareada brevemente y sin ganas pierde la chance de convertirse en la protagonista que el relato nos dice, solo nos dice, que fue. Sus recuerdos, sus reclamos, sus intenciones, quedan en mera mención casi monocorde y sin demasiado matiz.
Y luego Paula. ¿Quién es Paula? ¿Cómo es Paula? ¿A quién le habla nuestro narrador? Su interlocutora, el motor de su tedio, el destino de su carta, la materialización de todas sus frustraciones y sus, aún, esperanzas, es un mero boceto. Una proyección algo fantasmagórica de ella sobre una de las paredes quizás sea el mejor símbolo de esto. Paula es un ser femenino genérico, casi una excusa sin demasiada forma para que el protagonista haga catarsis. Si el destinatario no existe escénicamente, tampoco hay conflicto posible.
Terminando, Los días perfectos funciona porque reúne a un protagonista conocido y a un hermoso teatro, pero un texto algo superficial y un actor que no puede poner sus recursos al servicio de construir lo que no está, lo que no se ve, dan como resultado más una narración agradable que un hecho teatral en toda su acepción. Si el dispositivo no puede construir presencia, todo queda, en el mejor de los casos, en un relato prolijo de una cara conocida.

La idea era polemizar un poco a partir de la vieja fórmula Él dijo vs. Ella dijo, pero la verdad es que en esta oportunidad coincido en todo con él. Solo quisiera entonces detenerme en tres puntos.
Ella dijo:
- Sbaraglia se olvida la letra y cuando quiere improvisar construye oraciones agramaticales imposibles de entender, a lo que se suma un texto soso, autoindulgente, vanidoso. En la carta queda claro que cuando no se dedica al mansplaining se la pasa lloriqueando cual Peter Pan que quiere volver a un lugar que ya no existe. «Yo estuve en un jardín con vos», le reclama a Paula, cuando en verdad nunca se encargó de regarlo, ni qué decir de fertilizarlo.
- Hay una escena que me irritó particularmente: el protagonista recuerda los buenos tiempos, estaban de viaje, fueron a cenar y les sirvieron un supuesto plato de atún que no lo era y Paula le hizo un escándalo al mozo. Él dice que en ese momento la amó más que nunca. Es una situación menor, seguramente, pero muestra a la perfección el maltrato cotidiano producto de este capitalismo salvaje e individualista que nos vendió que somos los mejores y los más vivos si actuamos de manera prepotente y violenta. ¿Cómo podés amar a una persona que bastardea a otra en inferioridad de condiciones?
- Me quedo pensando en lo que está pasando con la cartelera de los teatros estatales, porque esta es una propuesta más cercana al Paseo La Plaza que a lo que suele ofrecer el Cervantes. Otro ejemplo: Cyrano, con el Puma Goity en el Teatro Alvear, la primera vez en mi vida que me fui de un teatro en el intervalo.
- Ya sé que dije que iban a ser tres cosas, pero no puedo cerrar sin decir antes que mi favorito siempre fue Lucho.
Coda 1. ¿Cómo no mencionar la maravillosa película de Win Wenders que tiene (casi) el mismo título? Hirayama es un hombre que elige llevar una vida austera y trabaja limpiando baños públicos, ya sé que no son los baños de Constitución, pero no deja de ser lo que elige (y queda clarísimo que es una elección genuina a partir de la escena con su hermana, que claramente pertenece a una clase social alta). Es un hombre alegre, sensible y amable que se conoce a sí mismo, que está en profunda conexión con quienes lo rodean y con el entorno, que acepta que tienen que existir días malos para que también haya otros perfectos.

Coda 2. Linda casualidad la aparición de Faulkner en la obra de teatro y en la película, en la que justamente el protagonista lee Las palmeras salvajes (acá es cuando agarro el látigo y me reprocho qué hago leyendo esas novelitas coyunturales e insignificantes con todas las lecturas que tengo pendientes, como el caso de este libro que espera en mi mesita de luz con traducción de Borges, o de la madre, o de ambos).

Coda 3. Sigo con Faulkner, aunque tomando un desvío, Palmeras Salvajes es también el nombre de una joven y prometedora editorial argentina dedicada a textos de ficción y no ficción de impronta angloamericana e inglesa. Tuve la alegría de colaborar en la revisión de la traducción del primer título: Risa negra, de Sherwood Anderson, con traducción de Márgara Averbach. Una historia apasionante sobre la irrupción de la modernidad que tiene ecos inimaginables en la coyuntura actual. Un libro que no se conseguía desde hacía tiempo vuelve a estar en librerías, un rescate sin dudas para celebrar.

Coda 4. Cierro con un minuto de autobombo: desde hace un tiempo, tengo un pequeño proyecto de edición artesanal: derivas botánicas. Una de las series se llama flor de película y se trata de pequeños fanzines que vinculan películas y cine.
