El jardín de Eli

Se cumplieron dos años de la muerte de una amiga muy querida. Sigo conversando con ella, escribo mensajes que nunca tipeo en los que le cuento lo que estoy leyendo, le pido consejo para curar una planta que está desanimada o abichada, le mando una foto de alguna flor violeta que se me cruza en el camino. Era su color favorito. Es.

Anduve releyendo viejos chats en un intento de sentirla cerca, presente. Me gustaría saber cómo están sus plantas, quién las cuida hoy. Por lo pronto, dejo armado una suerte de jardín virtual, acá en este posteo, con una selección azarosa de las fotos que ella misma les hacía a sus plantas. Cada imagen tiene una historia atrás. Me gusta recordarlas.

También para recordarla en estos días, leí a una de sus escritoras favoritas: Mercé Rodoreda. El año pasado leí La plaza del Diamante, una novela brillante sobre la que escribí acá. Este año fue La muerte y la primavera.

Es una novela de una belleza extraña y casi todo el tiempo muy oscura, incluso cruel. Exige un lectxr entregadx al goce y a las reglas de un estilo que cuenta menos de lo deseable, que deslumbra con escenas de una crudeza que llega a ser conmovedora. Y hay que entregarse porque no sabemos ni dónde ni cuándo transcurre la historia que principalmente es narrada por un joven protagonista. La naturaleza alberga tanto como destruye y los mitos y rituales más primitivos se desarrollan de manera impecable, no hay fisuras en sus narraciones. Un amigo librero siempre que hablamos de libros en algún momento pregunta «¿A quién se parece?». Me lo pregunté mucho con Rodoreda y al leer esta novela pensé enseguida en Angélica Gorodischer, en parte por la belleza del estilo, pero también por esa capacidad de crear mundos por fuera de la definición más convencional de lo que es y no es una distopía. Y los rituales y las costumbres primitivas me llevaron a una novela magnífica: Plop, de Rafael Pinedo.

El laberinto de La muerte y la primavera, croquis dibujado por Rodoreda

Rodoreda escribió esta novela a principios de los años sesenta. Le contó a su editor que sería «una novela de amor y de soledad infinita», pero nunca la terminó. Cuando le preguntaban por qué no la retomaba aseguraba que prefería cuidar su jardín. Se publicó finalmente una versión inacabada en 1986, tres años después de la muerte de Rodoreda. Hoy vuelve a estar en circulación gracias al trabajo de la editorial Club Editor, con traducción de Eduardo Jordá y posfacio de Mariana Enriquez.


Coda I. A fines del año pasado junté unas semillas de un jacarandá que hay en la plaza que queda cerca del laburo. Sé que a ella le hubiera encantado seguir de cerca todo el crecimiento. También sé que le hubiera regalado uno. Acá dejo el registro de todo el proceso, por si se da una vuelta.

Coda II. También conversábamos mucho sobre series. Como La amiga estupenda, que nos encantó no solo a nosotras sino también a otras amigas con las que compartíamos un chat. Es un relato bellísimo sobre la vida de dos amigas, Elena Greco y Raffaella Cerullo, en Nápoles en los años cincuenta. Crecen, se enamoran, toman rumbos diferentes, los estudios, los trabajos, se casan, tienen hijos, amantes, se liberan, son los años sesenta, enseguida los setenta. Nunca dejan de ser amigas entrañables. Cada temporada está basada en una serie de cuatro novelas de Elena Ferrante. Por lo que anduve leyendo, la cuarta y final temporada se va a estrenar a mediados de este año. Voy a extrañar comentarla con ella.

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