
¿Cómo se reconstruye la cotidianidad después de una guerra? ¿Cómo es posible después de todo ese tiempo suspendido y a la vez de absoluta destrucción? Me cuesta imaginarlo cuando lo cuentan en lugares que vivieron guerras o grandes catástrofes. Y sin embargo sucede. Se quitan los escombros, se restaura, se construye, la gente se enamora, tienen hijos, estudian, trabajan, se vuelven a hacer películas, se plantan las tierras, en fin, la lista es infinita, pero sucede. Pensaba que quizás se parece en algo a lo que vivimos a causa de la pandemia. El tiempo se detuvo. Hubo muertes, mucho dolor, actividades que se dejaron de hacer, gente que se separó, otra que se enamoró vía internet, cumpleaños por zoom, egresos, fiestas clandestinas. Y volvimos. Pero no del todo, muchas cosas se quedaron en la virtualidad. No pusimos más el cuerpo. Terapia, estudios, reuniones, trabajos que ya no tienen un espacio físico al cual volver, conferencias, compras. Perdimos olores. Las miradas cómplices. Las pataditas por debajo de la mesa. No estoy tirando la piedra y escondiendo la mano, hay un montón de cosas que solo puedo hacer porque son virtuales, y no dejo de pensar en lo beneficioso que es para gente que vive lejos de los lugares centrales, solo intento mantenerme alerta, elegir o incluso obligarme a hacer/volver a hacer determinadas actividades poniendo el cuerpo.


Asocio la pandemia, entre tantas otras cosas, con Elizabeth Strout, a quien leí por primera vez en esos días tan extraños. Ya escribí unas líneas sobre ella acá, pero hace unos días terminé de leer su última novela, Cuéntamelo todo (2025). Una alegría este nuevo libro, sobre todo después del inefable Lucy y el mar (2023), un libro soso, todo indica que bien podría tratarse de un encargo editorial: agarrá a tu personaje Lucy Barton y decime qué le pasó durante la pandemia. Y así Lucy abandona Manhattan para recluirse con su ex William en una casa de Maine. Pero en Cuéntamelo todo vuelve la Strout más delicadamente indagadora. Y eso que el posible fiasco acecha desde la contratapa: en este libro van a juntarse dos de sus grandes personajes, Lucy Barton y Olive Kitteridge, pero la prueba queda ampliamente superada. Se la suele comparar con Hemingway, y claro, la teoría del iceberg funciona a la perfección en este libro y por lo general en toda su obra. Se nos van develando algunas capas de los personajes, pero claramente hay mucho más por debajo de la superficie, y Strout lo conoce a fondo, solo que va mostrando en cuotas, es el arte de la sugerencia. No solo lo logra en las descripciones bellísimas que va haciendo, siempre con imágenes alegóricas, sino también en los diálogos, precisos y absolutamente verosímiles. Es una escritura frágil de una humanidad conmovedora, que en este libro refuerza una actividad que las personas hacemos desde tiempos originarios: contarnos historias, lo que nos duele y lo que nos da felicidad, lo que no queremos olvidar, lo que no entendemos, lo que tememos.
Coda 1. Vengo desde hace un tiempo con este rollo de historias humanas en las que los personajes ponen el cuerpo, se comprometen, son imperfectos, frágiles, reales. Me conmueven y atraen fuertemente las películas de la cineasta catalana Carla Simón. Por ahora filmó una trilogía maravillosa, con un fuerte contenido autobiográfico (los padres de Simón fallecieron a principios de los 90 enfermos de HIV por consumo de heroína), pero rápidamente supera lo particular para indagar en cuestiones universales, con derivas sutiles e inesperadas. La mayoría de las personas que actúan en sus películas no son actores profesionales, muchas de las escenas no se ensayan sino que la cámara va captando aquello que va surgiendo a partir del guion. Hoy que todo es una experiencia, creo que el cine de Simón lo es de veras, y hay que animarse a las preguntas que deja una vez que terminan los créditos.



Coda 2. Pasé el 8M en Roma. Una fiesta hermosa y raramente organizada, como guionada, al menos bajo mi mirada porteña. Había muchos hombres acompañando a sus parejas mujeres (lo sospecho por gestos sexoafectivos que compartían). Lo conversé durante la marcha con algunas mujeres, compartí tímidamente mi sorpresa, a lo que en diferentes ocasiones me respondieron que estaba todo bien con que participaran. Esto no es una muestra significativa, por supuesto, pero no deja de ser la respuesta que recibí de varios grupos a los que me acerqué. En principio pienso que ese día los hombres bien pueden hacer otra cosa que estar en la marcha, pero sinceramente estoy abierta a escuchar otras opiniones y repensar las mías.



