Trenes (8/52)

Hace unas semanas vi la película Sueños de trenes (2025, disponible en Netflix), del director estadounidense Clint Bentley, basada en una novela de Denis Johnson. Desde que la vi, la llevo conmigo: en momentos de pausa se me aparece una imagen, vuelve una sensación, cuando me permito pensar en la posibilidad de una vida diferente, retorna cierta atmósfera introspectiva que la película construye.

Es el segundo largometraje de Bentley. Leí en una entrevista su admiración por otro gran director estadounidense: Terrence Malick (El árbol de la vida, La delgada línea roja, Una vida oculta, entre tantas otras pelis buenísimas). Volví a ver la película: la influencia era evidente.

Cuenta una historia tan ordinaria y mínima como fascinante: la vida de Robert Grainier (protagonizado austeramente por Joel Edgerton), un trabajador golondrina, nació a fines del siglo XIX, no sabe quiénes son sus padres, pero esto no lo afecta, la vida fluye y él se adapta, siempre reflexivo y observador de todo lo que lo rodea. Su herramienta de trabajo es un hacha: se interna en los bosques estadounidenses cercanos a la costa del Pacífico, se dedica a la tala de árboles, luego a la colocación de tirantes para las vías del ferrocarril, construye un puente que con el paso de los años será reemplazado por uno más moderno: él será testigo. Hasta que conoce a Gladys (Felicity Jones, siempre encantadora) y juntos construyen una cabaña y forman una familia. En cada temporada que Grainier se interna en los bosques, circulan historias de personajes diversos, oriundos de lugares de los que nunca oyó hablar; presencia escenas de racismo; sufre las condiciones de un trabajo mal pago y sin ningún tipo de derechos; en los tiempos de descanso conversa con un compañero sobre la tala indiscriminada y las posibles consecuencias de este atropello constante y cada vez más agudo contra la naturaleza.

A través de una vida anónima se narra el paso de la Historia con mayúscula. La belleza de la naturaleza, pero también su crudeza y hostilidad; el avance de la modernidad y el capitalismo salvaje. Grainier llega a vivir hasta los ochenta años y la pregunta por el sentido de la vida lo acompaña durante todo ese tiempo. Los últimos minutos de la película son maravillosos, dice la voz en off (supongo que estará tomado de la novela): «Cuando Robert Grainier murió mientras dormía, en noviembre de 1968, su vida terminó tan serenamente como había comenzado». ¿Qué más se puede desear?


Coda 1. Tantos trenes me hicieron acordar a un documental de Pino Solanas que vi hace años: La próxima estación (2008), está disponible acá. Volví a verlo, es desolador. Por más que intente tener un final luminoso, de resistencia, es demoledor ver el deterioro, el desmantelamiento, el robo y el abandono efectuados en cada una de las dictaduras (el material de archivo es buenísimo), luego la privatización menemista. Pueblos que desaparecieron, migraciones masivas a las grandes ciudades, trabajos precarizados. Trayectos cotidianos que se recorren en condiciones inhumanas. «Los trenes volverán, para seguir uniendo pueblos, regiones y ciudades. Los trenes volverán como van y vuelven los pasajeros, las cargas y mensajes. Los trenes volverán con la misma regularidad de los que trabajan, los que estudian, los que viajan. Los trenes volverán, simplemente por el placer de viajar. Como el agua, la luz o el amor, no es posible vivir sin ellos», asegura Pino Solanas en los últimos minutos.

Coda 2. También recordé la novela A tren perdido, de la escritora quebequense Jocelyne Saucier. Un día cualquiera, la octogenaria Gladys Comeau, sin equipaje ni previo aviso a su hija, sale de su casa hacia la estación de tren de Swastika, una localidad canadiense de apenas 200 habitantes, y comienza a tomarse un tren tras otro. La intriga se mantiene magistralmente a medida que la lectura avanza. Hay un narrador que intentará reconstruir la historia de Gladys, quizás incluso descubrir los motivos de su huida. Al investigar sobre su vida, se encontrará con la historia de los school train: trenes escuela que llegaban a las zonas más lejanas del norte canadiense, habitadas por nativos e inmigrantes, sobre todo de Finlandia y Ucrania. La historia es fascinante, en paralelo a la vida de Gladys también se va desarrollando la investigación que lleva a cabo el narrador, los obstáculos con los que se encuentra, sus propias limitaciones para entablar contacto con otras personas.

Para empezar, está la experiencia de vivir la naturaleza tan de cerca. El tren cruza setecientos kilómetros de bosque profundo y permite observar su esplendor y sus penas. Los ríos, los lagos, las grandes y tranquilas extensiones, el tumulto ensordecedor de las aguas, un espectáculo en constante renovación. Y las heridas, los largos troncos negros apuntando hacia las tierras arrasadas por la tala indiscriminada y los incendios forestales.

Coda personal. En el verano del 2000 nos fuimos de vacaciones a Mar del Sur. Nos tomamos el tren desde Retiro a Miramar, y de ahí un colectivo hasta la casita que la familia de una amiga tenía en Mar del Sur. Mi hijo más grande tenía dos años y era su primer viaje largo en tren. Su emoción era total; durmió, jugó, comió, miró por la ventanilla, caminó. No hay fotos ni videos, apenas teníamos una vieja Pentax y presupuesto para un único rollo. Había algo eléctrico en sus ojos, mezclado con cierta expectativa, que no me olvido.

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