
Según el diccionario de la RAE, «práctica», en su acepción de sustantivo femenino, es el «ejercicio de cualquier arte o facultad, conforme a sus reglas» y tiene como antónimo a «teoría». Algo suena raro o no aplica del todo al menos en el campo del yoga. Es decir, hay una estrecha interdependencia entre ambos conceptos y hasta me animaría a decir un anhelado y necesario equilibrio, pero así las cosas, una vez más las categorías con las que pensamos la lengua se vuelven insuficientes.
Durante los últimos meses anduve leyendo un libro que me fue interpelando desde diferentes lugares: En la práctica. Ensayos sobre la práctica del yoga y de la vida, de Julia Napier, publicado por El hilo de Ariadna. Napier es escritora, editora y traductora; también practicante e instructora de Ashtanga Yoga y fundadora de la colección Ananta, en la que se publicó este libro. A lo largo del texto, esboza varias definiciones posibles para la práctica, de las cuales dos me convocaron particularmente. La primera:
La práctica es tanto el vehículo de una emoción profunda (el amor, la devoción, la generosidad) como aquello que nos preserva de una emoción profunda (la ansiedad, el enojo, la depresión).
Seducida por el juego de palabras (cuando una oración te obliga a volver a leerla solo hay dos resultados posibles: amor u odio), es también una frase que refleja lo que muchas veces siento arriba del mat, y que va de la mano junto con la segunda:
Quienes practicamos sabemos que asana no es un conjunto seco de indicaciones biomecánicas. Sus grandes retos, así como sus delicias, consisten en desatar nuestros nudos profundos y en desplegar nuestra fuerza interna, que en primera instancia nos toca cultivar. Mediante este proceso pasamos por miles de estadios emocionales y corporales: miedo (inversiones), incomodidad (isquiotibiales), apertura (caderas), entrega (savasana), frustración (bhujapidasana, el salto para atrás). En el silencio de las posturas, vemos a nuestros demonios y también descubrimos un paisaje interno ilimitado.
Me pareció un libro desafiante en relación con mis propios prejuicios. En el mundo del yoga por lo general la cuestión de clase no se aborda ni se menciona y eso un poco me incomoda, hay algo político e ideológico difícil de desatender o dejar de lado frente a una disciplina que requiere un compromiso ético constante. Quiero decir, no estamos frente a un texto clásico, pues las coordenadas de producción del libro son Occidente siglo XXI. Pero en esta colección de ensayos, Napier logra combinar equilibradamente su propia autobiografía y pensamientos sobre la vida, el amor, la maternidad, la familia, el matrimonio, la amistad, el compromiso social -como cuando cuenta de las clases de yoga en la cárcel-, con aspectos complejos de la filosofía del yoga o de textos que son de difícil comprensión como por ejemplo el Bhagavad-gita.
Napier estudió letras en el Haverford College de Filadelfia y realizó una maestría en escritura creativa en el Goldsmiths College de Londres. Estos estudios se filtran en cada página, son puro placer las citas que comparte de Virginia Woolf, Sylvia Plath, Auden, Anne Sexton, Mary Oliver, entre tantos otros. Pero también hay una búsqueda estilística que se hace patente, se nota el trabajo minucioso en la elección de cada palabra, el texto fluye y no es algo menor, sobre todo para alguien que tiene al castellano como segunda lengua.
En la práctica es un libro hermoso, generoso y honesto, de digestión lenta, para ir leyendo de a poco y al cual volver de vez en cuando.

Anoto libros que quiero leer en cuadernos, en otros libros, en un wa que tengo conmigo misma, en la agenda, en fin, en tantos lugares que la lista nunca está completa en ningún lado. El año pasado encontré este libro en una librería y recordé que hacía años que quería leerlo. Lo leí más o menos en paralelo con el de Julia Napier y por momentos se iban armando hermosas conversaciones entre ambos.
En Atrapa el pez dorado, Lynch cuenta que la primera vez que oyó hablar sobre la meditación no le interesó en lo más mínimo, pero luego empezó a investigar sobre el tema hasta que su hermana le comentó que llevaba seis meses practicando meditación trascendental, y él notó algo distinto en su voz: una nota de felicidad. A partir de ese momento no se salteó una meditación en 33 años.
Te conduce a un océano de conciencia pura, de conocimiento puro. Pero te resulta familiar, eres tú. Y al instante emerge una sensación de felicidad: no de felicidad bobalicona, sino de honda belleza.
Mezcla de diario, anécdotas de sus películas, escenas de su juventud, reflexiones sobre la creatividad y el arte, son varios capítulos muy breves y la mayoría están atravesados por la meditación, al igual que el proceso creativo, y tan hermosamente libre, del propio Lynch.
«A veces la gente se queja de que les cuesta entender una película, pero yo creo que entienden mucho más de lo que creen. Porque todos hemos sido bendecidos con la intuición: todos tenemos el don de intuir cosas». Solo una mente generosa y creativa, con una imaginación desbordante como la de Lynch, puede atrapar el pez dorado. Al resto al menos nos queda el intento.
Coda 1. Desde hace un tiempo que vengo haciendo las meditaciones que comparten en Paramita, un centro budista de España dirigido por Lama Khenpo Rinchen Gyaltsen. Una querida amiga me lo compartió para hacer juntas un reto de meditación de 14 días y estuvo genial. Los retos se van renovando, también hay meditaciones sueltas con diferentes duraciones y objetivos. Me cuesta muchísimo hacer meditaciones sin guía, incluso solo con series de gong. Así que corro la bola y comparto este sitio tan especial, justo en estos días la meditación que estamos haciendo es para la paz y puede seguirse acá.

Coda 2. Qué buena época esta para ir al cine, cuando empiezan a estrenarse todas las películas candidatas al Oscar (hay mucho para discutir sobre el premio, sin dudas, pero un Oscar sigue siendo un Oscar). El otros día justamente fuimos a ver La única opción, de Park Chan-wook. Un jefe de familia lo tiene absolutamente todo hasta que es despedido de la compañía papelera en la que trabajó durante 25 años. Para conseguir un nuevo trabajo en un contexto de desempleo y avance de la IA se le ocurre eliminar, literalmente, a los candidatos contra los que compite. Puedo entender que es una gran comedia negra y que técnicamente es muy buena, pero no me gustó. Este tipo de humor no me genera risa ni me incomoda, simplemente me pasa por un costado. Y a pesar de que suelo estar a favor de las novelas largas, las películas largas, las canciones largas, se me hizo innecesariamente extensa y aburrida en varias escenas. ¿Hay un nexo por secundario que sea con el posteo de hoy? Bueno, sí. Y es precisamente una escena que me pareció divertida: cuando el protagonista pierde el trabajo, en la empresa arman unos grupos de desempleados que practican tapping. Entiendo que es una técnica que tiene su origen en la medicina china ancestral pero se fue bastardeando con el paso del tiempo y su importación en Occidente. La lista sigue creciendo.

Coda 3. ¡Lo último!, es que me es imposible resistirme a la idea de compartir mi pequeño jardín, un lugar ideal para la contemplación (desafiante la batalla que hay que dar contra el ruido del tráfico, de mi vecino baterista, de mi vecina de abajo amante de las videollamadas sin auriculares en el patio). La azucenita de río lo vale.
