Viena (2/52)

Hace muchos años, cuando alguien se iba de viaje sabíamos que a su regreso nos esperaba un encuentro para ver las fotos, escuchar anécdotas, conocer de alguna manera esos lugares lejanos, a veces no tanto, aprender algo que no sabíamos y, claro, dejarse llevar y soñar con alguna vez recorrer esos mismos sitios.

Ahora se comparte todo en redes, pero (sin intención de caer en algo nostálgico, dudo que pueda lograrlo) algo se perdió: las fotos salen bien la mayoría de las veces porque hicimos catorce tomas de cada una (sin mencionar filtros y retoques) y la información es casi nula de tan breve (si es que hay texto).

Imagino opciones para retomar estos encuentros: ver las fotos en el celular es un bajón, ¿quizás imprimirlas?, ¿llevar la compu? Recuerdo un breve período intermedio en el que en el laboratorio fotográfico te daban un cd con las fotos y después lo veíamos en la tele vía el reproductor de dvd. Claramente sobrepasé la cuota de nostalgia saludable así que al grano: el año pasado conocí Viena, una ciudad que me dejó absolutamente encantada, seleccioné varias fotos más algunas notas y armé este álbum.

Después de nueve horas en tren en camarote compartido desde Dresde, llegamos a Viena a las siete de la mañana. Cuando la ciudad todavía duerme y todo está cerrado, un café con donas en Dunkin’ Donuts rápidamente se convierte en el mejor desayuno de tu vida. De ahí al Palacio Belvedere. Mientras esperamos que abra, caminamos por los jardines (paseo gratuito, no así el museo). La mayoría de los bancos tiene una placa, por un aniversario de bodas o por el recuerdo de un fallecimiento o simplemente un regalo para alguien especial. Esta placa de la foto me recordó una lectura pendiente: Thomas Bernhard.

El Museo Belvedere está compuesto por tres edificios: Upper Belvedere, Lower Belvedere y Belvedere 21. Y sí, después de largos años de haberlo tenido en la cabecera de mi cama, vayamos al Upper Belvedere a ver El beso original.

Check! Son varios los cuadros que tienen de Klimt, todos me parecen hermosos, como Madre con dos niños (familia), de 1909/1910.

Hay muchísimo para ver, para tomar nota, Schiele, Funke, Messerschmidt incluso van Gogh. Pero me quedo con Olga Wisinger-Florian, nunca había escuchado sobre ella. Fue una pintora vienesa impresionista nacida en el XIX. Me encantó este cuadro suyo: Falling Leaves (1899). Me llevo el dato para seguir leyendo sobre su vida.

En el Lower Belvedere hay salas barrocas, mucho mármol, oro, interiores impactantes, puro lujo. Y exposiciones temporales como El mundo en colores, una muestra en conjunto con la Galería Nacional de Eslovenia. También acá me encuentro con la obra de una pintora del XIX de la que nunca había visto nada: Ivana Kobilca. Así como en el Bellas Artes de Buenos Aires se hizo la muestra El canon accidental. Mujeres artistas en Argentina (1890-1950), que recupera la obra de artistas ignoradas en su tiempo o directamente desconocidas, la recuperación/visibilización de la obra de artistas mujeres se da en museos de todo el mundo. Pensar el tema es interesantísimo: ¿ser mujer es suficiente para ingresar en el canon, ser «rescatada»?; ¿qué pasa con el estilo, la apuesta estética, la obra en sí sin ir más lejos? De Ivana Kobilca me sorprendió la cantidad de autorretratos, pero elijo este cuadro: Children in the Grass (1892).

Otro lugar para ir: la Ópera Estatal de Viena, hay precios para todos los bolsillos. Yo fui a ver Iolanta, de Tchaikovsky, que más o menos cuenta la historia de una joven princesa ciega de nacimiento que no sabe de su ceguera porque su padre sobreprotector prohibió que se hable del tema. Hasta que un día aparece un joven que le revela el secreto. La escena en la que él le intenta explicar cómo son los colores, de qué se trata la luz, es bellísima. En una parte aparecen unos fisicoculturistas… no entendí nada.

Volví a los Jardines de Belvedere porque ahí nomás está el Österreichische Bundesgärten, uno de los jardines alpinos más antiguos de Europa. Se pueden ver más de cuatro mil especies de plantas de regiones alpinas de todo el mundo. También tiene una colección de ejemplares bonsái. No es un espacio muy grande pero todo está bien aprovechado, cada planta tiene su nombre, es muy bello: un verdadero refugio verde y luminoso en medio de una gran ciudad.

Otro punto ineludible: Museumquartier. Visitar la librería que es fantástica y tiene muchas cosas en inglés y muchas ofertas, hay varios barcitos y están el Museo Leopold y el Mumok. Qué maravilla encontrarme con Paula Modersohn-Becker en el Leopold. (Traigo el recuerdo de un viejo posteo sobre ella acá). El primer cuadro es Elsbeth in Front of a Landscape Holding a Flower (1901) y el segundo Mother and Child (c. 1904). (Ay sí, las fotos son malísimas, pero el misterio de su obra es a prueba de todo).

No puedo decidir cuál compartir de Helene Funke, su obra es fantástica, el uso que hace del color, la inclusión de la mujer como tema constitutivo de su búsqueda estética pero desde un ángulo distinto, sugerente, nunca obvio… Como acá con Girl with Scissors (1925-1930).

Y ya nos vamos del Leopold, ¡todo lo que queda!, pero al menos dejo un atisbo de registro de Josef Hoffmann, con este prendedor hermoso y solo una muestra de lo que podía ser el diseño de una habitación según su mirada.

Estamos en la antigua capital del imperio austro-húngaro, se impone la visita a otro palacio más: Palacio de Schönbrunn, residencia de verano de Sissi y Francisco José. De estilo barroco, tiene más de 1400 habitaciones y los jardines son realmente imponentes sobre todo por su extensión. Hasta funcionó un zoológico.

Y la clave de todo viaje: caminar, caminar, ¡caminar! Distancias cortas, distancias largas, parar a ver una vidriera o entrar en algún local, comprar alguna cosita para comer al paso, encontrarse con una librería que no estaba en las guías oficiales, en fin, la lista es infinita. Hice una última selección de algunas fotos más.

Un autorretrato de Rembrandt de 1652 y un pintor en los pasillos del Museo de Historia del Arte de Viena.

La imperdible torta Sacher, el baño de la confitería Sacher y la estación Karlsplatz, un ícono de la Secesión Vienesa.

El monumento a Mozart, en el parque Burggarten; la vidriera de Wilhelm Jungmann & Neffe, la única tienda que se conserva del siglo XIX (fue fundada en 1866) y la librería Shakespeare & Company, todo el catálogo es en inglés.

Una escultura de neón hecha por el artista británico Cerith Wyn Evans en el techo de la Karlskirche (Iglesia de San Carlos Borromeo), una señora comiéndose una papita antes de la foto en Der Bettelstudent y la vidriera de un taller de reparaciones de juguetes. (Y un dato más, no hay foto porque estábamos muy entretenidos con la comida que es riquísima: Skopik & Loh).

Y este deambular errático una tarde me llevó a la Casa de las Mariposas, un lugar del que no había leído nada, ubicado en el Palmenhaus en pleno parque Burggarten.

¿Qué fotos hubiera sacado de haber tenido uno o dos rollos y no capacidad infinita? El viaje siguió, pero ese es otro posteo.


Coda 1. Si había un juguete que deseaba de chica era una Barbie, pero estaba fuera de todo presupuesto. Un día creí que mi sueño podía ser cumplido por mi padrino, pero ajeno completamente a las tendencias del mundo infantil me regaló una muñeca de Sissi la Emperatriz. Solo se parecía a la Barbie en el rubio del pelo, una clara ofensa al personaje histórico. Cuando salíamos a jugar en los recreos de la escuela me esforzaba para que la incluyeran, al fin y al cabo me habían dicho que era una princesa verdadera, pero Ken la rechazaba sistemáticamente.

Volví a Buenos Aires interesada en el personaje y me enganché viendo una serie alemana sobre su vida que se estrenó hace poco en Netflix: La emperatriz. Son dos temporadas, las actuaciones están bien, los escenarios y el vestuario son fantásticos, el guion por momentos se vuelve abrupto y entiendo por lo que estuve leyendo que las licencias que se toman con respecto a los hechos históricos son bastante generosas. Pero lo más molesto es algo de lo que están adoleciendo la gran mayoría de las series históricas: los personajes femeninos son libres, valientes, guerreras, Simone De Beauvoir es una puritana conservadora al lado de estas mujeres decimonónicas inexistentes.

Coda 2. Volví con ganas de leer sobre la Secesión Vienesa, un movimiento artístico de vanguardia, de fines del XIX y principios del XX. Y también me traje otro libro sobre la vida y la obra de Klimt, parece más de lo mismo, pero tiene material de archivo muy interesante, fotos y citas de contemporáneos que me generaron particular interés.

Gustav Klimt (izq.) en una fiesta de disfraces en 1917/18.

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