Terminé el 2025 y empecé el 2026 leyendo dos libros con un tema en común: la soledad. Es una cuestión que me interpela profundamente: por un lado es un estado del que disfruto cada vez más y descubro un montón de cosas de las que no tenía ni idea, y por otro lado me choco con prejuicios, propios y ajenos, que me incomodan y me dejan pensando.

Cómo estar en soledad, de Sara Maitland (traducción de Juan Nadalini) es un libro maravilloso, necesario, concreto, claro, nada pretencioso y de una humanidad poco vista. La estructura es perfecta: un breve paneo de la soledad en el siglo XXI; una suerte de programa de ocho puntos para perderle el miedo a la soledad y las cinco alegrías de la soledad (mi parte favorita):
- Conciencia del propio ser
- Sintonía con la naturaleza
- Vínculo con lo trascendente
- Creatividad
- Libertad.
Justo que estuvimos en época de fiestas, recordé ese mandato seudocristiano que sentencia que nadie debería pasar solo la navidad. ¿Por qué no? Conozco un montón de gente que eligió genuinamente pasar tanto el 24 como el 31 sola, como también conozco un montón de gente que a pesar de querer mucho a su familia comentó que no tenía ganas de pasarla con ellos e incluso sabía que ellos tampoco querían pasarla juntos. ¿Entonces? ¿Por qué nos permitimos toda esta hipocresía?
Maitland sostiene que el paradigma neoliberal actual evidentemente no funciona y quienes persiguen algo tan marcadamente contracultural como la soledad dejan al descubierto sus fallas. Solo en soledad se pueden desarrollar el amor propio y el autoconocimiento, imposible hacerlo conectados las 24 horas a la espera de un like o con temor a no enterarse de vaya a saberse qué noticia.

A lo largo de un año (septiembre 1970/septiembre 1971), la escritora estadounidense May Sarton lleva un registro de sus días en una casa de campo en Nelson, Nueva Inglaterra, al que titula Diario de una soledad. En el primer párrafo del libro el pacto con el lector queda sellado en la aclaración de que Punch es un loro: desde su inicio es un diario escrito para ser leído por otros.
Empiezo aquí. Está lloviendo. Por la ventana contemplo el arce, algunas de cuyas hojas se han puesto amarillas, y oigo a Punch, el loro, hablando solo, y la lluvia cosquilleando suavemente en las ventanas. Por primera vez en varias semanas, estoy aquí sola para retomar mi vida “real”. Eso es lo extraño: que ni los amigos, ni siquiera los amores apasionados, son mi vida real, a menos que disponga de un tiempo a solas para explorar y descubrir cuanto está ocurriendo, o cuanto ya ha ocurrido. La vida sería muy árida sin esas interrupciones que nos nutren y enloquecen, pero solo soy capaz de degustarlas por entero cuando estoy aquí sola, y la casa y yo reanudamos nuestras antiguas conversaciones”.
El poder de observación y contemplación de Sarton es destacable, las descripciones que va haciendo sobre las flores, el jardín y el paso de las estaciones son puro goce: «Cuando estoy sola, puedo mirar las flores de verdad, puedo prestarles atención. Las siento como una presencia». Los puntos de conexión con el libro de Maitland aparecen ya en la primera página. Aunque en el diario de Sarton se leen pasajes de una inestabilidad emocional más pronunciada, a lo que se suman ataques de ira que podrían ser simpáticos solo porque se quedan en el papel. Pero a toda tormenta le sigue la calma: «Toda la paz que conozco proviene de la naturaleza, de sentirme parte de ella, incluso en los aspectos más nimios», escribe mientras se pregunta por la mejor manera de administrar su tiempo, ¿cómo hacer para dar respuesta a todas las cartas de lectores que le llegan contándole cuestiones muy profundas de sus vidas que despertó alguno de sus libros? Necesita tiempo para pensar y tiempo para escribir. El diario se va convirtiendo también en un registro del armado de un nuevo libro de poemas que quiere publicar al año siguiente como una suerte de auto regalo por su cumpleaños sesenta.
En varias entradas cuenta pequeños viajes que hace para promocionar sus libros, visitas a museos sobre las que hace observaciones muy ingeniosas, lecturas que comparte a lo largo de estos meses, anécdotas con Virginia Woolf, comentarios sobre el grupo de Bloomsbury, sobre lo que va pasando en el mundo y en el país y escribe sobre la amistad y su jardín y el vínculo estrecho y personificado que mantiene con la casa y sobre el amor:
Aquí estoy yo con cincuenta y ocho y hasta este año no he empezado a entender qué es el amor… Me he visto obligada a arrodillarme una y otra vez como una jardinera plantando bulbos o haciendo la poda, pensando que acaso así podría conseguir, una vez más, que la relación floreciera, que se mantuviera realmente con vida.
Coda 1. En la entrada del 13 de enero de 1971, Sarton anota: «Anoche asomó la luna de lobo, la primera del año, y el nombre es muy acertado, pues se reflejaba con tanto brillo en la nieve acristalada por doquier que no pude conciliar el sueño».
Mientras la leía, también hubo luna de lobo, con las particularidades del hemisferio sur.

Coda 11. El diario de Sarton termina así: «Hoy es un día típico de Nelson, el primero desde hace semanas; un día en que puedo estar en casa y trabajar con calma en mi escritorio, sin ninguna cita a la vista; un día en que puedo descansar después del trabajo y dedicar la tarde entera al jardín. Una vez más, la casa y yo estamos solas». La humanización de la casa más que refugio la vuelve compañía, como también pasa con las personas que conversan con sus jardines. Esta personificación de la casa me hizo recordar una película que vi hace poco y quiero que quede acá archivada: Valor sentimental, de Joachim Trier. La fotografía, las actuaciones y la música son fantásticas. La subtrama de la segunda guerra, un hallazgo. El cine, el teatro clásico, netflix, todo fluye y se va conectando a medida que la trama avanza. Y claro, los vínculos familiares, el amor, el arte. Bellísima.
