
Mary Caroline Richards nació en 1916 en Idaho y falleció en 1999, en Pensilvania. Fue maestra, escritora, ceramista y poeta. Trabajó como docente en el mítico Black Mountain College. Allí conoció a John Cage, con quien mantuvo una larga amistad además de colaborar en varias de sus obras, como en Theater Piece No. 1, el primer happening organizado por el artista. Desde muy joven se interesó por la vida comunitaria y la filosofía educativa de Rudolf Steiner, fundador de la antroposofía. El ejercicio de la docencia la acompañó durante toda su vida. Justamente en los años sesenta la invitaron a dar un taller «inspirador» para un grupo de artesanos que no estaban convencidos de lo que estaban haciendo. El pedido de un libro con todo lo que había expuesto durante aquel taller no tardó en llegar: la experiencia de Richards tiende puentes entre disciplinas que raramente se cruzan. En sus propias palabras: «He escrito este libro desde la perspectiva de un proceso, y un sentido de compromiso con él. Hablo desde y para una comunidad diversa: en las artes, el pensamiento y la investigación, los poetas y los artesanos, los estudiantes y los profesores, las amas de casa y los miembros de la comunidad y los ciudadanos solitarios».

Publicado a principios de los sesenta, Centrar se convirtió en un libro ineludible para quien quiera indagar sobre el arte, el lenguaje, la enseñanza, la vida comunitaria. A través de cuentos, proverbios, experiencias en el torno alfarero, el análisis de su propia poesía, Richards arma una amalgama misteriosa e irresistible que invita a reflexionar sobre procesos internos que por lo general posponemos con la excusa de la vorágine diaria, pero que están ahí, esperándonos.
Que nadie se engañe pensando que el conocimiento del camino puede sustituir el esfuerzo de poner un pie delante del otro. CENTRAR es una disciplina severa y emocionante, a menudo sumamente desagradable. Yo, ante mis propios esfuerzos, me vuelvo débil, desanimada, agotada, enojada, frustrada, infeliz y confundida. Pero alguien dentro de mí está decidida, y lo vuelvo a intentar. Dentro de nosotros vive un ser misericordioso que nos ayuda a ponernos en pie sin importar cuántas veces caigamos.
En tiempos donde el consumo se ha vuelto excesivo e irresponsable, pues es evidente que así como están las cosas el planeta está al borde del colapso, y la brecha social es cada vez más pronunciada, repensar los oficios artesanales se vuelve indispensable al momento de imaginar alternativas para habitar un mundo otro.
Coda I. La obra de la ceramista argentina Lola Goldstein es fabulosa, enigmática, cada una de sus piezas pareciera tener un origen onírico.

Hace unos años hice con ella el taller Composición en cerámica y otros materiales, en el Museo de la Cárcova (creo que suele repetirlo). Exploramos diferentes posibilidades de combinación de la arcilla con telas, piedras, vidrio, hojas, flores, tornillos, mil cosas y, claro, también los tiempos de ensamblaje: antes o después del bizcocho, antes o después del esmaltado. Dejo acá archivado este intento de cerámica más bordado y un deseo de tiempo libre para seguir explorando.

Y para quien ande copadx con la cerámica, quizás resulte útil esta vieja entrada: Aprender algo nuevo.
Coda II. No tiene mucho que ver con este posteo, pero es la realidad urgente: ayer, 11 de octubre, falleció Diane Keaton. Es de una esas actrices que forman parte de mi educación cinéfila: sus películas con Woody Allen, El Padrino, todas esas comedias románticas que siempre terminan siendo buenos momentos solo porque está ella (5 Flights Up, con Morgan Freeman, es simplemente hermosa, pero acá pasó sin pena ni gloria).
Hace ya diez años, volviendo de unas vacaciones en el sur, escribí en un viejo blog: En una estación de servicio perdida en el medio de la pampa, en la mismísima entrada de la Ruta del Desierto camino a Chacharramendi, la adorable Diane Keaton me sonrió desde la tapa de un libro.

En estas memorias, Diane Keaton introduce al lector en el costado más íntimo de su personalidad, y le presenta a su familia, pero sobre todo a un personaje muy peculiar: Dorothy Hall, su madre. Esta mujer le dejó un legado invaluable: ochenta y cinco cuadernos que escribió a lo largo de toda su vida, hojas y hojas sobre la familia, el matrimonio y los hijos, siempre compuestas con brutal honestidad y una mirada desafiante y moderna, demasiado moderna para su presente.
A partir de la segunda parte del libro, el centro de la historia pasa a ocuparlo el deseo de ser actriz: los estudios, las películas que hizo, los amores que tuvo. Entre ellos, recuerda a Woody Allen y comparte hilarantes anécdotas sobre la filmación de Annie Hall.
Alvy: ¿Quieres que te lleve?
Annie: Oh, ¿por qué…? ¿Tienes…, tienes coche?
Alvy: No, voy a tomar un taxi.
Annie: Oh, no, tengo coche.
Alvy: ¿Tienes coche? Entonces, si tienes coche, no entiendo por qué has dicho «¿Tienes coche?», como si quisieras que yo te llevara a ti.
Annie: No, yo no, yo decía que bueno…, en fin…, uf…, sí, tengo un Volkswagen ahí afuera y claro… (Para sí misma) Ay, qué idiota soy. (A Alvy) ¿Quieres que te lleve?
Alvy: Pues, ¿en qué dirección vas?
Annie: ¿Yo? ¡Oh, al centro!
Alvy: Al centro… No, yo voy a la parte alta.
Annie: También voy a la parte alta.
Alvy: Si acabas de decir que ibas al centro.
Annie: Sí, pero luego puedo…