La Cumbre

Hace poco pasé unos días en La Cumbre, provincia de Córdoba. A no confundirse con La Cumbrecita (No kangaroos in Austria!): la primera está al norte de Córdoba capital, la segunda al sur. La distancia entre ambas es de 170 kilómetros, no es chiste equivocarse. Fui a un seminario de yoga, pero también tenía un par de días libres. Mientras compraba los pasajes, investigué un poco qué cosas podía hacer, sobre todo caminatas, y empecé a leer varios blogs para mujeres que viajan solas. Están llenos de tips y consejos, algunos me parecieron un poco exagerados, incluso me hicieron tener miedo de cosas en las que antes ni había reparado, pero mientras avanzaba en la lectura me fui familiarizando y entonces todo me resonaba un poco más. Si bien celebro la existencia de estos espacios e intercambios de experiencias, supongo que el mundo será un mejor lugar solo cuando dejen de ser necesarios.

Uno de los paseos para hacer es el Cristo Redentor, una caminata corta y de dificultad baja. Antes de subir está la capilla de san Roque. Cuando era chica, un día mi abuela me dijo: «Ya es hora de que tengas tu propio santo. El mío es san Antonio, vas a tener que buscarte al tuyo». Al principio dudé si no elegir a María Magdalena (si hubiera sabido que en el futuro la iba a interpretar Mónica Bellucci, ni lo pensaba), pero finalmente lo elegí a san Roque, ¡el único candidato que tenía un perrito! La capilla es de 1898, tiene un altar sencillo, con un Cristo pintado en madera. No había nadie cuando fui. Me senté un rato, hay una energía vinculada con lo sagrado o espiritual que da paz, aunque enseguida, claro, recordás que estás en un espacio de la Iglesia católica y querés salir corriendo. Será la fuerza de los recuerdos de infancia, no lo sé.

Otro paseo muy bonito es el dique San Jerónimo y el balneario El Chorrito. Me senté un rato a leer La escritura aumentada, de Eric Schierloh, un libro que desde que lo editamos releo de vez en cuando como una forma de no quedar anquilosada en el laburo diario y poder seguir pensando alternativas y otras formas de la edición y el libro. Y a pesar del estado de alerta recomendado en alguno de esos blogs para mujeres que viajan solas, me puse los auriculares, cerré los ojos, columna erguida y me dejé guiar en una meditación que estuvo lindísima (eso sí, medio que me enrosqué una tira de la mochila en una pata, si será que nací porteña). Volviendo al centro es muy recomendable parar en Viva la Pepa!, tomé una limonada exquisita con un budincito de zanahoria fresco y sabroso. La vista es preciosa.

Dejé lo mejor para el final: la plantación de lavandas Domaine de Puberclair. Se trata de un pequeño complejo agroindustrial dedicado a la preparación de fragancias y fabricación de diversos productos. Funciona desde 1980 y las lavandas son oriundas de un pueblito francés de Aix en Provence. Resulta ser que las condiciones climáticas y edafológicas (nueva palabra: tiene que ver con cuestiones propias del suelo) de la zona coinciden con las de La Cumbre y se nota, porque las plantas son hermosas. Le pregunté a la señora del local de la entrada por qué si la lavanda de mi jardín estaba florecida, las de la plantación no. Y es que estas son de una especie que solo florece de diciembre a febrero y la que tenemos la mayoría en nuestros jardines es la lavanda conocida, justamente, como de jardín: florece a lo largo de todo el año pero no sirve para extraer la esencia. Habrá que volver.

No coincidí en horarios para visitar la casa de Mujica Lainez, otro motivo para volver. Termino con tres fotos más: una librería de viejo donde compré Cómo leer un libro, de Luis Gregorich, la edición del Ceal (siempre hay que comprar algo en las librerías de viejo); el vivero del centro de La Cumbre y la vidriera de Casita de libros, la bellísima librería de la ilustradora Lucía Mansilla Prieto.


Coda I. Mientras caminaba junté flores de cerezo y de jazmín amarillo para hacer nuevos herbarios para derivas botánicas, un pequeño proyecto de edición artesanal que tengo desde hace poco más de un año y me entusiasma enormemente. En los próximos meses se vienen varias ferias. En principio la próxima es la Feria del Libro de Flores, un espacio que es puro agite, con una agenda de actividades tremenda y una propuesta de editoriales y emprendimientos varios que está buenísima. Es una alegría volver a participar este año junto al bellísimo catálogo de a la zorra.

Coda II. Justamente en la Casita de libros me compré un libro precioso, impactada por la belleza de la edición. Después al leerlo en casa descubrí que se trata de una escritura precisa y exquisita, de alguien que se detiene en la elección de cada verbo, de cada adjetivo. La sinonimia no tiene lugar. En una de las partes del libro, «Cuaderno de flores», el narrador escribe: «Anoté en una libreta: ’25 de junio de 2020. Una mañana fría, soleada, murió Julio, mi padre. La pandemia impide cualquier rito funerario’. Amanecía cuando me llamaron por teléfono. Mi primera reacción, al cortar la llamada, fue asomarme a la ventana y sacar una foto del cielo».

Se me acelera el pulso mientras escribo. El miércoles falleció una amiga. No puedo decir nada más. Ni siquiera puedo escribir su nombre.

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