
Antes era bastante habitual encontrar gente que en el transporte público leía libros secretos: estaban forrados, a veces con papel araña, o con papel madera (seguro el que usaban en la tintorería para envolver los pantalones planchados), o con papel de diario. Cuando era chica me daba mucha curiosidad saber de qué libro se trataba, por algo necesitaban esconderlo. «Son solo gente prolija. No tienen nada que ocultar», decía mi tía Tony.
Ya de adolescente imaginaba que eran libros subidos de tono. Para esa época, se había puesto bastante de moda una colección de literatura erótica, entregaban un ejemplar junto con el diario: La sonrisa vertical, de editorial Tusquets. Entonces imaginaba que los libros forrados eran del Marqués de Sade, o Las edades de Lulú de Almudena Grandes, o Historia de O de Pauline Réage. También recuerdo haber pensado que eran libros que durante la dictadura habían estado prohibidos y por eso la gente los llevaba cubiertos por un papel protector (lo sé, qué pensamiento naif).
El otro día en el subte B vi a un hombre de unos sesenta años que iba leyendo un libro forrado con una suerte de papel afiche verde. Por más que estiré el cuello y me contorsioné, no puede saber de qué libro se trataba. Lo primero que pensé es que era un libro porno, ¿acaso existen?, bueno, entonces de literatura erótica. Por la expresión de su cara rápidamente descarté la posibilidad. ¿Será que simplemente era una novela cualquiera, quizás hasta un poco aburrida, y él un hombre prolijo?
Hoy sumo un nuevo motivo para tener los libros forrados: las tapas horribles. Sí, hay que ocultarlas, sobre todo cuando le juegan en contra al propio libro. Sin dudas este es un caso. Olive Kitteridge, de Elizabeth Strout. Suele ser una fija que nunca hay que poner al/la protagonista en la tapa, y mucho menos si como en este caso no tiene nada que ver con las descripciones de ella que se hacen en la novela. Como si fuera poco eligieron a esta mujer con sombrero en un atardecer meloso. Y la frutilla del postre: ese botón verde chillando ¡bestseller, bestseller, bestseller!

Hace unos años que vengo leyendo casi todos los libros de Elizabeth Strout, una escritora estadounidense contemporánea. Publicó su primer libro a los 42 años -algo bastante inusual para la industria-, ganó un Pulitzer, vende un montón de ejemplares y su obra es bastante despareja, pero siempre tiene algo para contar y vale la pena leerla.
Olive Kitteridge es una maestra ya jubilada, amante de su jardín, bastante malhumorada y con un humor ácido irresistible. Narrada en tercera persona, la novela va hilvanando la vida de Olive con otros personajes de un pequeño pueblo de Maine, en Nueva Inglaterra.
Había belleza en aquel aire otoñal, y en los jóvenes cuerpos sudados con las piernas embarradas, hombres fuertes que se arrojaban hacia delante para parar la pelota con la frente; y la había en los aplausos cuando se marcaba un gol, en el arquero postrándose de rodillas. Había días -eso lo recordaba- en que Henry la tomaba de la mano cuando regresaban a casa, personas maduras, en la flor de la vida. ¿Habían sabido ser serenamente felices en esos momentos? Lo más probable era que no. En general, cuando vivían la vida, las personas no eran suficientemente conscientes de que la estaban viviendo. Pero ahora tenía ese recuerdo, de algo saludable y puro. Quizá fueran lo más puro que tenía, aquellos momentos en los partidos de fútbol, porque tenía otros recuerdos que no eran puros.
Coda 1. Hay una miniserie muy recomendable basada en la novela, protagonizada por Frances McDormand, Richard Jenkins, Zoe Kazan y Bill Murray. Las actuaciones son impecables.

Coda II. No tiene mucho que ver, aunque un poco sí, pero a estas meditaciones banales sobre la lectura hoy inevitablemente se le suma el tema de la IA. Me he convertido en una señora que busca las mil y una excusas para incentivar a sus alumnxs a que lean, y justamente en la última reunión de cátedra surgió el tema. ¿Cómo convencerlxs de que no es lo mismo leer un texto, ponerle el cuerpo, atravesarlo, bancarse la frustración, la ansiedad, el aburrimiento, en vez de pedirle a la IA un resumen, un cuadro sinóptico, un podcast (¡!)? Pensar nos hace libres. Cursi, demodé, una verdad imperecedera.