Liliana Porter

Hace unos días fui a la muestra de Liliana Porter en el Malba: Travesía. Está hasta el 13 de octubre y es fantástica.

Es una artista que en lo personal me lleva a la adolescencia. Vi su obra por primera vez en el viejo local de la calle Florida de Ruth Benzacar una tarde que me habré rateado al campo de deportes, eran los años noventa y solía yirar por el centro buscando algo que nunca supe bien qué era. Se sentía en el aire que eran tiempos de cambios: el neoliberalismo se hacía presente y de a poco lo iba absorbiendo todo. Recuerdo que me impactó la economía de su obra; fotos en blanco y negro, un par de líneas, alguna que se escapa de los límites del lienzo y pasa a la pared, y no mucho más, pero el efecto es contundente. Hay algo en la simpleza de Porter que se vuelve hipnótico, como si se abriera la posibilidad de un tiempo de observación y calma, de pura presencia.

Después están las obras que tienen como protagonistas a personajes diminutos que enfrentan desafíos titánicos, o habitan escenas cotidianas, o generan situaciones tragicómicas; como sea, nadie sale intacto, de nuevo la ocurrencia y la sensibilidad de Porter generan una sonrisa, preocupación, incomodidad.

Sobre la manera en que consigue estos personajes en los mercados de pulgas, Porter comenta: «Me parece que todos tenemos algo así como un lente para ver las cosas y eso hace que cuando voy a un mercado de pulgas, por ejemplo, sepa o, mejor dicho, encuentre los objetos que me interesan. Los veo; más que buscarlos, vienen. Tengo una visión de las cosas y no sé en qué momento empieza la obra. En general, cuando pienso una obra escribo ideas, es decir, no parto de lo formal o de lo visual, sino de ideas que podrían haber sido pensadas por un escritor. Después busco la solución formal que me parezca que es la que más potencia la idea» (se puede leer la entrevista completa acá).

Creo que es una artista excepcional y no hay que perderse esta muestra: ir con tiempo no solo para ingresar en la salita donde se proyectan sus breves filmaciones, hechas junto a Ana Tiscornia, en las que da movimiento a sus obras, por decirlo de alguna manera, desde For You (1999) hasta Cuentos inconclusos (2024), sino también para dejarse llevar por una propuesta estética particular y, por qué no, perderse para reencontrarse y volverse a perder.


Coda I. Liliana Porter ya anduvo por este blog: acá y acá. Noto que en el segundo posteo me lamento por no haber guardado las fotos que saqué en El hombre con el hacha y otras situaciones breves, la muestra que hizo también en el Malba en el 2013. Parece que la vida a veces da segundas oportunidades.

Coda II. En estos días estuve leyendo el último libro de María Negroni, Colección permanente. Citas literarias, reportajes apócrifos, reflexiones (y sobre todo preguntas) sobre la escritura, la literatura, la poesía, son los protagonistas de este universo particular y sensible que Negroni viene construyendo en libros anteriores y que en vez de agotarse, como podría esperarse, se expande en desvíos y silencios cada vez más conmovedores.

En uno de los apartados, «Hágalo usted misma», arma una lista demasiado tentadora con los libros que siempre tiene a mano y relee cada tanto.

Coda III. Desde hace poco más de un año tengo un diminuto proyecto editorial que se llama Derivas botánicas. Son piezas únicas hechas a mano, como herbarios con tapas de cerámica y también de cartón, flores recolectadas, más un poema o una frase o alguno de los yoga sutras de Patanjali. También hay una serie de fanzines sobre plantas y cine, más algunas macetas de escribir y otras hierbas que van surgiendo, ideas que a veces se materializan. Justamente las miniaturas de Porter me hicieron recordar una de las últimas cosas que anduve probando: un herbario diminuto. Una vez leí que la fotografía científica en sus orígenes solía usar una moneda para que el objeto fotografiado tuviera una escala de referencia. ¿Alguien acaso recuerda el tamaño de una moneda de 1 peso argentino?

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