
La otra noche fuimos al cine Cacodelphia a ver la última película de Alejandro Agresti, Lo que quisimos ser. Leí en algún lado que hoy ver cine argentino es un acto político. Me interpeló la frase, probablemente en otro momento la hubiera cuestionado, pero hoy vivimos una suerte de urgencia que se vuelve impostergable frente al avasallamiento de este gobierno inaudito que está arrasando, con odio y sin miramientos, con todas las políticas estatales.
Es el año 1998, un jueves cualquiera dos desconocidos coinciden en una sala de cine casi vacía donde se proyecta His Girl Friday (Ayuno de amor), de Howard Hawks, con Cary Grant y Rosalind Russell. Un ofrecimiento de fuego hace que establezcan contacto y terminen tomando algo en un bar.
Ni habían encendido las luces de la sala que con mi marido ya estábamos discutiendo sobre la película. Me acordé de Él dijo, ella dijo, una película de los noventa con Kevin Bacon y Elizabeth Perkins , y lo invité a escribir en este posteo.
Él dijo: Lo que quisimos ser deja el sabor amargo de no lograr lo único innegociable en una historia así: la intimidad. La película parte de la idea simple y atractiva de jugar a ser otros, actividad común en la niñez que se va perdiendo a lo largo de los años. Si son dos adultos quienes intentan recuperar el juego, se hace imprescindible la construcción de un marco que sostenga esa decisión de jugar, un tablero donde mover las fichas, un acuerdo mutuo en el que esos cinco centímetros de plástico, blanco o negro, son realmente un rey al que defender. La intimidad entre los protagonistas es ese soporte que necesitamos para que nos resulte atractivo quedarnos a mirar cómo juegan, pero nunca sucede. Ese vínculo íntimo nos lo podrían facilitar el guion, los planos o las actuaciones, pero todo el tiempo estamos frente a un submarino en superficie que nos ilusiona con sumergirse, al menos unos metros, y no lo hace. Es agradable ver a Luis Rubio en un registro poco habitual y a Eleonora Wexler (verla). La película no aburre pero tampoco interpela ni incomoda. Creo, de todas formas, que no son noventa minutos perdidos. En una época de tanta intolerancia a la más pequeña frustración, poder aceptar que no suceda lo que esperamos e irnos a comer tranquilitos una porción de pizza es un ejercicio sumamente saludable.
Ella dijo: Desde la mitad de la película hasta el final me la pasé llorando. Listo, lo dije. Es una película edulcorada, de gestos exagerados, desbordante de lugares comunes y frases hechas. Probablemente por todo esto se vuelve hipnótica, de hecho recordé esos viejos culebrones que veía de chica por Hallmark Channel. Sin embargo la carga nostálgica está muy bien regulada y, cuando el guion pisa la banquina, la fotografía de Marcelo Camorino salva la jugada. También hay varias escenas que se vuelven entrañables, como cuando Yuri/Beto le dice a Irene que Ayuno de amor se la sabe de memoria, aunque siempre descubre algo nuevo. Son dos personajes que están solos pero que les gustaría estar acompañados, son amables, buena gente (por favor no confundir con la gente de bien, tan en boga en estos días), entonces, ¿por qué están solos? ¿Tanto miedo sienten que prefieren jugar a ser otros, esos que siempre soñaron ser, en lugar de vivir una relación «real»?
Antes de terminar, una pequeña curiosidad que probablemente no resuelva nunca. Leí las críticas de Diego Batlle (Otros cines) y de Pablo Scholz (Clarín): los dos dicen que el personaje de Eleonora Wexler se llama Inés, cuando se trata de Irene Singer. ¿Una coincidencia por tratarse de dos nombres que empiezan con «I»? ¿Uno se habrá copiado del otro? ¿Una gacetilla de la productora que salió con esta errata?
Coda I. ¿Cómo elegir una sola historia de amor del cine? Juego el juego y disparo: Jesse y Céline, de la trilogía de Richard Linklater protagonizada por Ethan Hawke y Julie Delpy: Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013). Son dos personajes inolvidables y los diálogos son honestos, ocurrentes, bellísimos. La primera la fui a ver sola al cine, así quedó registrado en mi agenda de 1995.

Coda II. ¿Cómo elegir una sola historia de amor de la literatura argentina? Vuelvo a jugar y disparo: Sofía y Rímini, de la novela El pasado (2003), de Alan Pauls. Una historia desbordante de amor, de maldad, de odio, de erotismo, de promesas, de lenguaje, con uno de los finales más bellos de la literatura.
Entonces Rímini entreabrió su bata y vio que también su sexo goteaba sangre. Retrocedió, rehizo en sentido inverso el camino que lo había llevado del living al cuarto y fue borroneando con las plantas de los pies el reguero de gotitas que había soltado en el piso. Volvió al cuarto, se acostó junto a Sofía, se durmió. Soñó con una ciudad de casas bajas y pobres, ensordecedora, donde los policías dirigían el tránsito haciendo sonar silbatos y había por lo menos media docena de ópticas y negocios de anteojos por cuadra. Óptica 10, leyó -o quizá, en el mismo sueño, ya estuviera recordando-. Óptica Luz, Óptica Carron, Óptica Mia, Óptica Universal, Óptica Exprés, Óptica Jesucristo, Óptica Nessi, Óptica Paraná, Óptica Americana. Vio sus dos pies descalzos pisando una alfombra de césped artificial que rodeaba una pileta en el último piso de un edificio castigado por el sol.
Cuando despertó, una luz débil entraba por la persiana. Ningún cambio. Seguían desangrándose.

coincido plenamente con la opinión de Él
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