Creo que acabo de leer mi libro favorito del 2024. ¿Se puede decir algo así faltando cinco meses para que termine el año? Que yo sepa, por ahora no está prohibido. Podés elegir tu libro favorito del año el 5 de enero que el mundo va a seguir girando.

Lydia Davis nació en Massachusetts, Estados Unidos, en 1947. Hija de Robert Gorham Davis, reconocido crítico literario y profesor en la Universidad de Columbia -donde tuvo como discípulo a Norman Mailer, entre otrxs- y de Hope Hale Davis, escritora y maestra. Al terminar la secundaria viajó por unos meses a La Plata, provincia de Buenos Aires, dado que su padre se encontraba allí dando clases. Traductora destacada (son muy recomendadas sus traducciones de Flaubert, Proust, Blanchot, Duras), también se dedicó a la docencia, sobre todo de escritura creativa; hoy está jubilada. Y es una escritora fascinante, multipremiada, se la suele considerar una experta del microrrelato y del cuento breve, como ensayista es sagaz y siempre precisa, pero hoy quisiera detenerme en la Lydia novelista.
The End of the Story, publicada en 1995, es su única novela. La editorial española Alpha Decay la publicó en 2014, con traducción de Justo Navarro, y acaba de editar una segunda edición (noviembre de 2023) que se imprimió en Argentina (dato no menor para las disquisiciones que siguen). Me interesa desandar los caminos que van armando ciertos libros, cómo se encuentran con sus lectorxs, cómo pasan años a veces sin que nadie los lea y de repente están en boca de todo el mundo, cómo un día se leen en otra clave de lectura y son entonces repudiados por algunos sectores. En el año 2014 compré Ni puedo ni quiero, un libro de relatos de Davis traducido por Inés Garland y publicado por Eterna Cadencia; desde ese momento no dejé de leerla. Y sin embargo, no había leído su única novela hasta hace poco, podría haberla comprado por internet, o pedido que me la trajera alguien que viajara a España, o comprarla yo misma en España, en fin, muchas posibilidades pero ninguna pudo superar… ¿mi pereza intelectual?, ¿la avalancha de novedades y lecturas que acumulamos que hacen que saltemos de un escritxr a otrx, de un tema a otro, y así deambulemos como zombies que no pueden fijar la atención en nada, no pueden profundizar en la obra de alguien en particular, a fondo? ¿O tendrá que ver con la dificultad de conseguir ediciones españolas que apenas circulan por estos lares y por lo general a precios desorbitantes?
Si alguien me pregunta de qué trata la novela, le diré que de perder a un hombre, porque no sé qué decir. Pero es verdad que durante mucho tiempo no supe dónde se encontraba, aunque lo supe y lo dejé de saber, lo volví a saber y volví a perderlo.
La narradora es docente universitaria y traductora, está escribiendo una novela, tal como dice ella misma en la cita anterior, sobre un ruptura amorosa, hace un tiempo terminó una relación con un hombre más joven. Pero lejos está de ser una novela de trama, la historia es lo de menos, el foco está en la escritura, en la construcción de una historia, en las divagaciones de la mente y de la memoria, ¿qué recordamos?, ¿cómo lo recordamos?, incluso, ¿qué es la verdad?, ¿qué se puede tergiversar y qué no cuando se está escribiendo una novela?
Leer este libro es como presenciar el acto mismo de la escritura de la novela, la narradora se detiene en la manera en que elige los nombres de los personajes, en la redacción de las descripciones, en los aromas que decide contar, en los colores que decide ocultar, en el orden de los acontecimientos, de hecho desde las primeras páginas ya se está preguntando por el final de la novela y esboza posibles desenlaces. Constantemente reflexiona sobre los alcances de la literatura y, por ende, de la escritura. Así como se obsesiona con el paradero de su examante (incluyendo escenas bastante tóxicas como cuando lo espera a la salida del trabajo o lo persigue por toda la ciudad) también lo hace con la novela y con la memoria: «Hoy he estado haciendo cuentas. He contado las peleas y los viajes. Necesito ordenar mis recuerdos. Poner orden es difícil. Ha sido lo más difícil de este libro». Arma así un minucioso y articulado sistema de clasificación de recuerdos que organiza en cajas, pero no se decide por las etiquetas: «Material listo para su uso» o «Material (listo) para su uso» o «Material ¿listo? para su uso». Es una novela que demanda un lectxr atentx, entregadx a la lectura, al placer de la elección de las palabras y de la potencia del lenguaje, sin nunca caer en intenciones expresivas ni comunicativas. Es puro goce.
Coda I. A principios de los setenta, Davis vivió unos años en Francia junto con Paul Auster. Allí conoció a la pintora Joan Mitchell, a quien solían visitar en su estudio en Vétheuil. Justamente en su libro Ensayos I (traducido por Eleonora González Capria para Eterna Cadencia Editora), Davis escribe un ensayo fascinante sobre la obra de Mitchell, pero sus intereses siempre, desde muy temprano, serán los mismos, en esta ocasión, la construcción de los recuerdos: «Incluso ahora, grabada en mi memoria por alguna misteriosa razón, la pintura formula una pregunta que, nuevamente, se resiste a ser contestada, aunque lo he intentado: no es ¿cómo funciona la pintura?, sino ¿cómo funciona el recuerdo de la pintura?».


Coda II. Muy divertido el podcast Desinteligencia artificial, conducido por Hernán Vanoli y Marcos Zurita. Tiene un episodio hilarante llamado «Viudos e Hijas de la CIA (Lorrie Moore, Deborah Eisenberg y Lydia Davis)», en el que esbozan posibles vínculos entre estas escritoras y la Agencia Central de Inteligencia estadounidense.
Coda III. Escritos random.
Sueño #38: El robo de la letra O
Soñé que robaba la letra O del teclado de un escritor muy conocido. Ya no había más nosotros, nosotros, nosotros. Tampoco ellos, ellos, ellos. Mucho menos yo, yo, yo.