
La otra noche fui con mi hijo mayor a ver Los días afuera, de Lola Arias, al teatro Alvear. Se nos armó como una suerte de ritual ir juntxs a ver sus obras. Hace muchos años fuimos a ver Mi vida después a La Carpintería y salimos fascinadxs: ¿esto es teatro?, ¿qué es el biodrama? No parábamos de intercambiar ideas y sensaciones sobre lo que acabábamos de ver mientras intentábamos armar una lista de los recursos usados (archivos personales, reproducciones de conversaciones, cámara en vivo, juguetes, fotografías…). También vimos Campo minado y Atlas des Kommunismus (a quién le importa, pero no puedo dejar de escribir que por lejos esta última es mi favorita).
Ni habíamos salido del teatro que no podíamos parar de comentar lo que habíamos visto. Le propuse entonces a Facundo que intentáramos sistematizar lo que cada uno pensaba, o sea, escribirlo. Y al otro día me mandó estas líneas:
Con excesivos números musicales, actuaciones propias de gente ajena al rubro, una completa y agradable escenografía y música en vivo, Los días afuera es una obra que entrega con éxito lo que el público progre de clase media alta va a buscar. Un espectáculo que ofrece a los espectadores consumir una dosis de otra realidad desde la seguridad de sus asientos. Acerca historias de vida interesantes y lejanas, omitiendo ciertos aspectos de ellas para centrarse en la relación de las presas con sus otras compañeras, con sus hijos y con el exterior en general.
Coincido en casi todo. Son excesivos los números musicales / de baile y, además, nota al pie: ¿qué le pasa al público que aplaude cuando finaliza cada canción? La obra debe durar como mínimo quince minutos más si sumamos los tiempos de los aplausos. Retomo: a medida que las historias de vida iban siendo narradas, si bien son durísimas y de un nivel de injusticia atroz, también me iba invadiendo la sensación de estar presenciando una suerte de parque etnográfico humano, propio del pasaje del siglo XIX al XX. Cierta estetización de la marginalidad recorre toda la obra y creo que por momentos se vuelve peligrosa de tan condescendiente. Pero claro, también tengo mi corazoncito burgués biempensante y, tal como me decía un querido amigo que también vio la obra, está buenísimo que estas historias lleguen a un teatro de la calle Corrientes y que quede resuelto, de alguna manera, uno de los tópicos que efectivamente la obra aborda: conseguir laburo teniendo antecedentes penales. Sin embargo, me pregunto, ¿dónde queda la denuncia?, ¿cómo hacemos saltar al sistema para que las cosas cambien? De nuevo este querido amigo me responde: ¿Por qué pedirle tanto al teatro? Supongo que tiene razón. Será que vivimos tiempos en los que hay que conformarse y aferrarse a pequeños gestos de humanidad entre tanta crueldad.
Coda I. Gran género el de las películas de cárceles. Basta buscar en la memoria que empiezan a aparecer una tras otra. Elegí dos.
En el nombre del padre (1993), de Jim Sheridan y protagonizada por Daniel Day-Lewis y Emma Thompson. ¡Qué manera de llorar! Gerry es un raterito rebelde y encantador, solo quiere pasarla bien, conocer chicas, probar diferentes drogas (son los setenta), pero es irlandés y está en el lugar equivocado en el momento equivocado y es acusado por un crimen que no cometió aunque reconoce haberlo hecho después de una feroz tortura por parte de la policía británica. Inculpan también al padre y la relación entre ambos toma un giro inesperado en la cárcel. Basada en una historia real, es una película estremecedora.

Sueños de libertad o Escape a la libertad (1994), de Fran Darabont, con Morgan Freeman y Tim Robbins. De nuevo, ¡qué manera de llorar! Las dos son películas que vi en la adolescencia; todavía puedo sentir la impotencia que me desbordaba el cuerpo, la injusticia y la corrupción no tienen límites. Un hombre es condenado a una doble cadena perpetua por un crimen que asegura no haber cometido y logra fugarse tras estar veinte años preso. Una película sobre la amistad, la traición, la perseverancia, pero sobre todo sobre el tiempo y lo caprichosa que es la manera que tenemos para intentar contabilizarlo.

Coda II. No abundan las series que sobreviven al paso del tiempo (nunca jamás voy a aceptar que Lost no integra esta selecta lista). Pero creo que Prison Break (2005) tiene, al menos, una primera temporada inoxidable. El hermano del protagonista, Michael Scofield, es condenado por un crimen (obvio, que no cometió), y entonces Scofield se las ingenia para que también lo arresten y lo manden a la misma prisión en la que está su hermano para fugarse juntos. ¿Acaso tiene un plan elaborado, con información clave y planos de la cárcel, guardado en su cerebro? En parte sí, claro, es un hombre brillante (también hace origamis), pero sobre todo lo lleva en el cuerpo: tatuado.

