Desde hace unos años, cada vez que tengo la posibilidad de conocer una ciudad nueva intento visitar su jardín botánico. Suele ser una experiencia enriquecedora conocer las plantas nativas de un lugar, ver los intercambios de especies y semillas que ese país mantuvo con otros en el tiempo, recorrer un espacio que suele ser una suerte de páramo en medio de grandes urbes.

Hace nomás unos días conocí el jardín botánico de Miami Beach. Fue creado en 1962 en un terreno baldío frente al Centro de Convenciones de la ciudad. Justamente por esta ubicación, mi visita no tuvo nada de páramo: en el centro de convenciones había una mega expo de botes y yates en la que los vendedores promocionaban sus productos por altoparlantes a decibeles infernales. Pero mejor volvamos al jardín, que el silencio a veces se encuentra con la mirada. Luego de su fundación, la falta de mantenimiento, el paso de huracanes y otras cuestiones hicieron que quedara prácticamente en ruinas, hasta que en 1996 un grupo de residentes creó el Miami Beach Garden Conservancy, una organización sin fines de lucro con la misión de restaurarlo.



La colección de orquídeas es bellísima, y la casualidad de haberlo visitado prácticamente a fines del invierno me permitió ver muchas de ellas en plena floración.
Tiene también un pequeño jardín japonés, un jardín de plantas nativas (ideales para atraer mariposas), uno de palmeras, una pequeña tienda y una agenda de actividades muy interesante. La entrada es gratuita.


Y ya que estamos, uno más: en julio del año pasado conocí el Real Jardín Botánico, en Madrid, pegadito al parque del Retiro y también a la Cuesta del Moyano, parada obligatoria para quien quiera libros usados o descatalogados a muy buenos precios.

No saqué foto del ingreso, pero me guardé la entrada porque seré por siempre una junta-papelitos cachivachera, o hasta que el avance de la tecnología me lo permita y todo quede en el celular, claro. Pero mejor volvamos al jardín. Tal como lo enuncian en su web, se trata de «un museo vivo en el centro de Madrid lleno de biodiversidad con más de 5500 especies de plantas de todo el planeta», y sobre todo me gusta mucho esta autodefinición como una suerte de declaración de principios: «Investigamos para comprender y conservar la biodiversidad actual de plantas, hongos y otros organismos en un contexto de urgentes retos medioambientales». Hablamos de más de dos siglos de historia: en 1755 Fernando VI ordenó la creación del Real Jardín Botánico de Madrid, no fue donde está ahora sino por la zona de Puerta de Hierro, pero luego lo mudaron adonde está hoy con todos los ejemplares, muchos de ellos recogidos por todo el país y también producto de intercambios con otros botánicos.


Es un botánico variado y bellísimo. Tiene un invernadero, una terraza llena de bonsáis, plantas ornamentales, una sección de aromáticas, un huerto, una rosaleda, un estanque, una colección de árboles hermosa, creo que una sala para exposiciones (había una de fotografía) y una tienda. Seguro me olvido algo.


Una de mis favoritas fue la Nepenthes Miranda, una planta carnívora alucinante, ideal para cultivar en interiores bien iluminados. En el Real Jardín Botánico la tienen en un invernadero.


Coda I. Hace unos años conocí el Hortus Botanicus de Ámsterdam, uno de los botánicos más antiguos del mundo, fundado en 1638. Hay más info y fotografías en un viejo posteo: acá.

Coda II. Si vamos a hablar de películas con jardines protagonistas esta coda corre el riesgo de volverse infinita, por lo que me voy a limitar (tan solo por ahora) a mencionar dos.

La nueva versión de The Secret Garden (2020), basada en la novela ya clásica y homónima de Frances Hodgson Burnett, dirigida por Marc Munden. No sé si habrá sido por la pandemia, pero fue una peli que pasó sin pena ni gloria, sin embargo a mí me gustó mucho. La escena que la protagonista arroja la muñeca al agua es desgarradora e inolvidable. Y ese jardín… sin palabras.

La belleza de la vida (2016), de Simon Aboud. Qué película mala. ¡Pero qué belleza esos jardines! No me acuerdo mucho de la historia, la protagonista quiere ser escritora y por algún motivo se muda a una casa que tiene un jardín abandonado, no así el de su vecino, un viejo malhumorado que ama las plantas y termina ayudándola a restaurar su jardín y, por supuesto, se vuelve un personaje encantador. Insisto, ¡qué hermosos jardines! Vale la pena verla. Inolvidables.