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Cecilia Vicuña nació en Santiago de Chile el 22 de julio de 1948. Poeta, cineasta, pintora y activista feminista, su obra no fue considerada ni difundida hasta el año 2017 cuando participa en documenta, recién entonces su trabajo pasa a ser conocido en Latinoamérica. ¿Quién miraba sin ver durante todos esos años? ¿Qué parámetros se manejaban? ¿Cuáles eran las limitaciones y condiciones para el arte hecho por mujeres? Hablamos de más de cincuenta años de participación en la escena socio-política y artística. Invisibilizados.

Hasta fines de febrero puede verse en el Malba la exposición Soñar el agua, una retrospectiva del futuro (1964-…). Reúne más de doscientas piezas, muchas de ellas nunca antes exhibidas: pinturas, dibujos, textiles, collages, poemas, libros de artista, serigrafías, fotografías, videos, esculturas, instalaciones, performances, volantes y manifiestos.

Esta pintura, La muerte de Salvador Allende (1973), abre la muestra y fue pintada en los primeros días del golpe de Pinochet. Va a ser una marca de Vicuña que sus obras aparezcan acompañadas de textos en páginas mecanografiadas que, lejos de intentar explicar o guiar la mirada, brindan una serie de posibilidades, caminos, para conectar con la pintura desde diferentes perspectivas y aspectos.


Toda la obra de Vicuña está atravesada por el interés y la apuesta por lo comunitario y el compromiso político. En una charla declara: «Yo nunca tuve que pensar en la política. La política era vivir. Era saber la diferencia entre lo que es justo e injusto». En estos tiempos de tanta «libertad» no puedo imaginar una definición de lo político más acertada y necesaria.
La exposición recorre sesenta años de producción ininterrumpida y se vuelve imprescindible dedicarle un tiempo largo a cada sección porque, a contramarcha de los tiempos que corren, hay mucho material para leer. Y también para ver y escuchar, claro, como el video ¿Qué es para usted la poesía? (1980), donde se la puede ver a Vicuña haciéndole esta pregunta a diferentes personas por las calles de Bogotá; o quedarse un rato en la sala que ocupa Quipu desaparecido, mirando las lanas que cuelgan en conjunto con la música y el video que se proyectan en conjunto.

Quiero dejar registro de toda la muestra, porque cada sección es realmente un mundo para recorrer, pero voy a ir cerrando con Precarios. Las primeras obras precarias de Vicuña fueron creadas en la Playa de Concón, Chile, en 1966, y con el correr de los años la artista siguió viajando para crear nuevas versiones. En sus palabras, se trata de “performances rituales”, “metáforas espaciales” y “poemas multidimensionales”.



Así como antes se veía el estrecho compromiso político en toda la obra la Vicuña, se hace patente asimismo su mirada feminista y ecológica, la denuncia a la explotación y a la contaminación ambiental, al igual que su vínculo profundo y amoroso con las tradiciones ancestrales, con la memoria textil andina, su clara postura anticolonialista.
Creo que es realmente una muestra que abre posibilidades para seguir investigando en estos temas. Quizás al momento de recorrerla para quienes no la conocían pueda ser una sobrecarga de información, e incluso una suerte de sacudida a ciertos parámetros estéticos preestablecidos, quiero decir, a una determinada concepción socialmente compartida de lo que es «bello» en arte. Me estoy enredando solo para decir que a medida que pasan los días cada vez me gusta más lo que vi y vislumbro ahora iluminados e hilvanados caminos por los que quiero andar.
La tejedora ve su fibra como la poeta su palabra. El hilo siente la mano, como la palabra la lengua. Estructuras de sentido en el doble sentido de sentir y significar, la palabra y el hilo sienten nuestro pasar. ¿La palabra es el hilo conductor o el hilo conduce a la palabra?
Cecilia Vicuña
Coda I. Entre tantas lanas e hilos con tonada chilena (ahora me doy cuenta de que poco dije de lo hermoso que es escucharla a Cecilia Vicuña, por ejemplo acá), cómo no acordarme de las arpilleras chilenas. Estas mujeres que cumplieron un papel fundamental en el proceso social que vivió Chile durante la dictadura. Son madres, hijas, esposas de detenidos desaparecidos y de presos políticos que a través de sus bordados y telas cosidas en arpilleras denunciaron los horrores y abusos del régimen dictatorial.
El año pasado pude conocer el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Santiago, y había una muestra con varias de estas arpilleras. No saqué fotos porque a pesar del peso del papel ilustración no lo dudé, y me volví con este catálogo fabuloso.





Coda II. También me acordé de uno de mis cuentos favoritos: «El carretel de hilo», de Ema Wolf (puede leerse acá). No me interesa hablar de la piratería acá, solo voy a decir que bien puede pensarse como botón-propulsor de muestra para que todo el mundo que lo lea salga disparado a comprar la maravilla que es Libro de los prodigios.

Coda III. Por si alguien se quedó con ganas de más bordados, hilos y lanitas, hay otro posteo sobre el tema por el que anduvieron Ana Teresa Barboza, Jazmina Barrera, Margo Glantz, Louise Bourgeois y algunas cositas más, acá.