
La semana pasada fuimos al teatro a ver El corazón del daño, dirigida por Alejandro Tantanian y protagonizada por Marilú Marini. Fui con mucha expectativa, la obra es la adaptación teatral de la novela homónima de María Negroni, un texto que me gustó mucho. Marini es magnífica, su presencia escénica, la certidumbre de sus gestos, la modulación y los timbres de su voz, todo la hace realmente única e hipnótica. Y sin embargo la obra no me encantó. Supongo que si manejara herramientas específicas de la crítica teatral podría argumentar y analizar más contundentemente el porqué de esta situación. Quiero decir, si todo por separado funciona, o mejor dicho, me gusta, por qué no entonces también en su conjunto.
Fiel al objetivo de este blog, que no es otro que dejar un registro del paso de los días, voy a intentar al menos esbozar algunas ideas. La novela de Negroni es sumamente sensorial y una suerte de invitación a la propia experiencia que incluye, por supuesto, la imaginación. Texturas, olores, sonidos, vínculos, ambientes tienen vida propia en el texto, pero en la obra teatral aparecen digeridos, cuando no estereotipados. Por otra parte, el recurso de los objetos me aburrió. En un momento hasta pedí bajito que por favor no sacara más nada de ese bolso, pero todavía quedaban dos o tres escenas más que involucraban un objeto oriundo del bolsito. Y sobre el texto, qué difícil… Porque son tantas las frases subrayables e inolvidables que solo pueden tener existencia en el papel…, la carne humana las vuelve rebuscadas, pomposas.
A mi marido sí le gustó pero, qué vivo, él no leyó la novela. De hecho hasta me recriminó cierta incapacidad para disfrutar de una excelente interpretación. «No es teatro leído», dijo. Quizás haya algo de esto y lo que no me gustó finalmente haya sido la interpretación del texto en un plano más abstracto, no corporal. Quizás.

Ya van varios párrafos y ni una palabra acerca de la novela. Supongo que basta con decir que trata sobre el vínculo de una madre con su hija, de una hija con su madre. Sobran los adjetivos. El recorte es inevitablemente transversal, porque es un vínculo que apenas acepta principios y finales.
En cuanto a mí, siempre busqué desmarcarme.
Escribí poemas que son prosas, ensayos que no creen en nada, biografías apócrifas, y hasta dos engendros de novelas que proliferan hacia adentro como una fuga musical.
El cambio de estilo es un rasgo de la obsesión.
También armé pequeños teatros, cajitas con recuerdos y adivinanzas para pequeños príncipes porque la poesía es la continuación de la infancia por otros medios, y la miniatura un objeto transportable, ideal para los seres nómades.
María Negroni, El corazón del daño, LRH, 2021.
Coda I. Qué duda cabe: el final de la cita es la antesala ideal al enorme mundo de las miniaturas. Cuánto para compartir en esta coda, pero me voy a limitar a la obra maravillosa de Liliana Porter, ya que aparece en la cubierta de la novela, y voy a dejar registro de una lectura que me gustó mucho: Diálogos, de Liliana Porter y Ana Tiscornia. Si hubiera sido rigurosa con el archivo de mis fotos podría compartir acá las que saqué en esta muestra fabulosa que se hizo en el malba. Pero se perdieron.

No hay posibilidad de entender si para entender uno busca una explicación hecha. Hay solamente posibilidad de crear. Viste cuando uno hace meditación y en realidad el método es no pensar y en vez de ser menos consciente sos más consciente, se vuelve pura consciencia. De golpe me di cuenta de una cosa, que esa entrega al no entender te lleva a la sustancia del entendimiento.
Liliana Porter, en Diálogos, Editorial Excursiones, 2019.
Coda II. Y sí, medio obvia pero tenía que haber una coda sobre la maternidad. Ser hijas, ser madres, no querer serlo, desear serlo, no saber qué se desea y demases. Confieso que los libros que se centran en este vínculo suelen resultarme aburridos, melosos, pero claro que también los hay muy buenos y este es uno que siempre tengo en mi top five: Mi pequeño, de German Zullo y Albertine, publicado por Limonero en 2016.
