Disciplina

Desde hace un tiempo que vengo luchando con esta palabra. Disciplina. El rechazo que me genera es instantáneo, incluso hasta diría que corporal: por un lado mi mente la asocia con un imaginario militar que no comparto, que me da escalofríos, y por otro lado me hace acordar a la escuela. Siempre fui muy buena alumna, me gusta estudiar desde que tengo memoria, pero el promedio me lo arruinaba el ítem «Respeta las normas disciplinarias»; ahí aparecía el «Poco satisfactorio» o incluso recuerdo una vez que fue algo así como «Nada satisfactorio».

Dicen que la disciplina es imprescindible para lograr lo que deseamos. Ya lo dijo Pablo Picasso, «Si llega la inspiración, que te encuentre trabajando». No hay musa inspiradora, son horas de práctica, rutinas de entrenamiento, aunque no salga nada, aunque todo intento se frustre, desde la meditación hasta la escritura, desde la música hasta spinning: hace falta disciplina.

Consulto con mi psicólogo con cama adentro. «No tengo motivación. Es domingo, hoy no hago la meditación. Me tomo el día libre. Da lo mismo», me quejo en la cocina. Entonces resulta que no importa la motivación, porque la motivación fluctúa, a veces tenemos ganas y otras, sin saber bien por qué, ya no las tenemos. El secreto está en descubrir la intención. ¿Por qué meditar es importante para mí? Porque me hace mejor persona y me siento más feliz. Cuando no tengo ganas igual tengo que meditar, porque quiero ser mejor persona y sentirme más feliz. Es como si la disciplina sirviera para hackear un sistema basado en la motivación. Creo que algo empiezo a entender.

Tanta disciplina me hizo recordar este libro hermosísimo de la escritora, artista y editora canadiense contemporánea Leanne Shapton (publicado por blatt & ríos con traducción impecable y sensible de Laura Wittner). Cuando era adolescente, se entrenó para ser nadadora olímpica, y va contando en el libro todos los sacrificios que tuvo que hacer, las fiestas a las que no fue, los despertadores que sonaban a las 4 de la mañana de un domingo con temperaturas bajo cero porque tenía que entrenar.

La disciplina artística y la disciplina deportiva son parientes cercanas; requieren lo mismo, una práctica para nada especial: tediosa y oscuramente invisible, privada e íntima pero siempre sagrada.

Del nado competitivo al recreativo, Shapton nunca va a dejar de nadar. En sus recuerdos se va filtrando el presente y de manera tan lúcida como encantadora van a apareciendo desde viejos amores, canciones, artistas, peleas con amigas, reflexiones sobre el arte, novelas, poemas, el vínculo con su familia hasta un catálogo de mallas y uno de piscinas, entre otras ilustraciones y fotografías.

Coda I: Ya que estamos con Shapton, otro libro de ella también bellísimo. Artefactos importantes y propiedades personales de la colección de Lenore Doolan y Harold Morris, incluidos libros, ropa y joyas (publicado por Duomo con traducción de Víctor Manuel García de Isusi) que no es otra cosa que el catálogo de una subasta de objetos que pertenecieron a una pareja: el fotógrafo Harold Morris y la periodista gastronómica Lenore Doolan. ¿Estamos frente a personajes ficticios o a una pareja real? Claramente no importa en lo más mínimo. La distribución de las imágenes y la redacción de los epígrafes construyen una historia de amor inolvidable. ¿O acaso una novela?

Coda II: Y también me acordé de esta peli de Damien Chazelle (creo que todas sus películas me encantan). Ahora que me detengo un poco, recuerdo que tuve varias discusiones con gente que solo pudo ver a un profesor que le grita a su alumno, sin ninguna chance de abrir un poco el foco y percibir un poco más.

Coda III: Última por hoy. Voy a confesar que a veces cuando no tengo ganas de hacer algo que en verdad es importante para mí tarareo «Disciplina», de Lali Espósito. Y ahora que está siendo atacada por el presidente creo que voy a sumar un movimiento de caderas.

Deja un comentario