Hace poco se cumplió un año de la muerte de una amiga muy querida. Nos conocimos de grandes y no teníamos una amistad de esas en las que compartís el día a día, sino que nos juntábamos de vez en cuando. Eran encuentros que duraban muchas horas, charlábamos de todo: de literatura, de lxs hijxs, de series y películas, de la pedagogía Waldorf (siempre quería hacer las tareas que ella les mandaba a sus alumnxs), del amor, de la escritura, de los jardines, de viajes imaginarios y/o deseados, de las familias.
Estuve leyendo los mails y mensajes que nos mandábamos entre nosotras y también los de un grupo de wa que teníamos con dos amigas más. Me doy cuenta ahora cuánto nos acompañamos durante la pandemia. Y también que sin planearlo dejamos un registro del paso de las estaciones por nuestros jardines.
Si en mi jardín hay bromelias y orquídeas es gracias a ella. En uno de los chats me dice: «Este finde tengo que regar el jardín de mi hermana, ella heredó el gran oncidium de la casa de mi mamá. ¿Tenés un árbol donde atar una orquídea? ¿Te interesaría que yo vea si puedo sustraer (shhh) un gajo?». El tono tierno, generoso y pícaro de este mensaje la pinta de cuerpo entero. Se aparece, es ella la que habla, está acá, ¿qué duda cabe?


¿Qué se hace con todos estos mensajes? ¿Hasta cuándo van a quedar guardados en WhatsApp? ¿Hasta cuándo va a existir WhatsApp? Por lo pronto, como sé que quiero conservarlos y volver a leerlos en otro momento, los guardé en un archivo.
Había una escritora que siempre mencionaba: Mercé Rodoreda. Solía detenerse en una de sus novelas, que leyó en varias oportunidades, La plaza del Diamante, con traducción de Enrique Sordo. En un intento por sentirla presente, por recordarla, la leí por primera vez durante las vacaciones.

Son los años treinta en Barcelona, la joven Natalia va a un baile en la plaza del Diamante junto con una amiga. Allí conoce a Quimet, un seductor carpintero que a los pocos minutos de conocerla le asegura que al año siguiente van a casarse y la bautiza Colometa, que significa «palomita» en catalán. Ella le dice que ya tiene novio y le insiste con que se llama Natalia, pero él se ríe y le dice que solo puede tener un nombre: Colometa. Queda así cifrado el destino de la futura pareja y el sometimiento de ella. Natalia abandona a su novio Pere, por supuesto un buen muchacho que no entiende el final del noviazgo si él hizo todo lo que había que hacer, lo que se considera correcto, y se casa tan enamorada con el Quimet («Como si todo el mundo se hubiese convertido en aquellos ojos y no hubiese manera de escapar de ellos»). Pero el encantamiento dura poco, y rápidamente se da cuenta de que es haragán, egoísta, un machista incurable. Apenas va a la carpintería porque ninguno de los trabajos que le encargan es para un «artista» de la madera como lo es él; pone un criadero de palomas en la terraza pero es Natalia la que termina encargándose de limpiarlo y de alimentar a las aves; no se ocupa de ninguna de las tareas de la casa ni de la crianza de los dos hijos. El dinero no alcanza y es Natalia la que sale a trabajar durante unas horas por las mañanas, dejando a sus hijos solos. La situación se vuelve intolerable, Natalia no aguanta más, pero poco sabe de la vida, huérfana de madre y casi sin amigas, no tiene con quien hablar ni quien le muestre que hay otras maneras de vivir. Pero entonces la Historia con mayúsculas hace un giro y son tiempos de la Guerra Civil y la posguerra.
La novela está narrada por la voz de Colometa, que en apariencia poco sabe del mundo, pero todo lo observa con su original mirada y lo registra de una manera tan conmovedora que hace que sea una novela inolvidable.
Y sentí intensamente el paso del tiempo. No el tiempo de las nubes y del sol y de la lluvia ni del paso de las estrellas adorno de la noche, no el tiempo de las primaveras dentro del tiempo de las primaveras, no el tiempo de los otoños dentro del tiempo de los otoños, no el que pone las hojas a las ramas o el que las arranca, no el que riza o desriza y colorea a las flores, sino el tiempo dentro de mí, el tiempo que no se ve y nos va amasando. El que rueda y rueda dentro del corazón y le hace rodar con él y nos va cambiando por dentro y por fuera y poco a poco nos va haciendo tal como seremos el último día.
Lamento tanto no haberla leído antes. Solo me quedan las charlas imaginarias y un montón de preguntas. Aunque ella, a veces, me contesta.
Coda 1: Hace un tiempo vi Josep, una película animada sobre la vida de Josep Bartolí, un artista plástico catalán, exiliado de la Guerra Civil y que pasó un tiempo en los campos de concentración que durante esa época hubo en la frontera con Francia. Fue amante de Frida Kahlo. Tuvo una vida fascinante. La están dando en la Lugones en un ciclo de cine francés. Un plan muy tentador.
Coda II: En las últimas vacaciones anduve por Valparaíso y visité el museo y palacio Baburizza. Fue una agradable casualidad encontrar allí una exposición de Roser Bru (1923-2021), una pintora y grabadora chilena que nació en Barcelona, pero tuvo que exiliarse con su familia una vez terminada la Guerra Civil Española. Yo andaba con la Colometa en la mochila y las historias se cruzaron.
De todo lo que después leí para conocerla un poco más, me quiero guardar esta frase de Enrique Lihn sobre su obra: «Roser Bru ha pintado tan abundante e insistentemente que lo hace con una mano de ángel (pegada al ojo de la cerradura del infierno), con una especie de rara felicidad».




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