
Pasé unos días en el desierto de Atacama y viví diferentes situaciones que me hicieron pensar sobre la fotografía hoy. Primero, la insistencia de lxs guías de turismo en el tema: «Vamos a hacer algunas paradas imperdibles para que puedan tomar varias fotografías»; «Nos vamos a detener en todos los miradores para que puedan tomar todas las fotografías que quieran»; «En cada una de las paradas me pueden pedir que yo les saque fotos»; «Armé un grupo de wa en el que voy a compartir todas las fotografías que saque del grupo y también las individuales». Segundo, la gente que te pide que le saques una foto: «Sacanos tres o cuatro así después elegimos». Tercero, ¿adónde van a parar todas estas fotos?, ¿cuál es el costo «ecológico» de toda esta energía que usamos, su almacenamiento, etc.? Hay muchísima info dando vueltas, las estadísticas no son nada alentadoras. «Cada búsqueda que realizamos en internet libera al medio ambiente 0.2 gramos de CO2, lo que, según el propio Google, significa que el efecto invernadero provocado por mil búsquedas equivaldría a conducir un coche durante un kilómetro». (Acá la fuente).
¿Cuál sería una cantidad «saludable», «ecológica», de fotografías tomadas durante unas vacaciones? Recordé con cierta nostalgia esa época en la que había que esperar a volver a casa para revelar el rollo. Por lo general después arreglábamos con amigxs para comer algo y ver las fotos del viaje. Hasta me acuerdo de mi tía Tony reclamándome: «No te olvides de traerme las fotos de las vacaciones que las chicas del hospital quieren ver cómo están los nenes». ¿Acaso eso era más genuino que el stalkeo indiscriminado en redes sociales?
Por lo pronto, voy a intentar cumplir con uno de los objetivos originarios de este blog, y paso entonces a registrar, archivar, catalogar algunas de las fotografías (no todas, por supuesto, ¡si son un montón!) de este viaje maravilloso (y hasta quizás algún dato le sirva a alguien que llegue acá por decisión de un loco algoritmo).

Para llegar a San Pedro de Atacama desde Buenos Aires hay dos opciones: en micro desde Salta o Jujuy (dura unas ocho horas) o en avión a Santiago de Chile y de ahí otro avión hasta Calama, que queda a unos 100 kilómetros de San Pedro, por lo que hay que tomar una combi o un autobús o un taxi. Es un viaje que lleva su tiempo.

El pueblo es muy bonito y la calle principal se llama Caracoles. Hay muchos locales de artesanías (y no tanto) y también una amplia variedad para comer (tanto en estilos como en presupuestos). Por mencionar solo algunos lugares: La Franchutería (sí, menú francés, unos sándwiches riquísimos); La Pica’ del Indio (tienen un menú local muy accesible); Adobe (un clásico de la comida chilena).
Hay muchos paseos para hacer y una de las opciones más populares es contratar un tour. No hay servicios de colectivos (pienso por ejemplo en Jujuy y todas las opciones para ir a Tilcara, a Purmamarca, a Iruya, etc.) y alquilar un auto es bastante costoso además de que recomiendan que sea un modelo determinado por las subidas y curvas y el mal estado de muchas de las rutas. Así que salió tour nomás. Varios tours (varias fotos).











El desierto de Atacama es el lugar no polar más árido de la Tierra; hay zonas que no registran lluvias desde hace más de cuarenta años. Es una de las reservas sudamericanas más importantes de litio (no solo se usa para la fabricación de antidepresivos, es también un elemento fundamental para la producción de baterías de celulares, computadoras, autos eléctricos…) y el lugar con mayor radiación solar del planeta. Es un viaje extraordinario.
Única coda: muy pero muy recomendable Matanza, un trío chileno que hace música electrónica étnica latinoamericana. Se definen como una «mezcla de neo folklore y cultura global, una combinación de sonidos, de maderas, cueros, cañas y muchos sintetizadores».
