Terú

«Hay un nido de tero justo debajo de la habitación matrimonial», nos dijo la dueña de la cabaña como bienvenida. En cuanto dejamos las mochilas salimos a ver. Efectivamente había un tero empollando tres huevos. Apenas nos acercamos largó un grito agudo y estridente. Un paso más y alzó las alas mostrando los espolones. El otro tero hacía coros cada vez más intensos.

A lo largo del día íbamos varias veces a ver cómo seguía todo. El nido es muy sencillo: un pequeño pozo con algunas hierbas y ramitas y listo. Nos preguntábamos por qué no lo harían en un árbol, probablemente las posibilidades de ataques sean menores a cierta altura, en donde lo habían hecho tenían que estar alerta todo el día: varios gatos andaban merodeando, un par de bandurrias e incluso los autos, el nido estaba muy cerca del camino de entrada.

A la derecha se ven los tres huevos

Una mañana sucedió: fui a ver el nido y quedaba solo un huevo. Encontramos la cáscara de otro, con un poco de sangre pegoteada, en la galería de la cabaña. Para mí que fue un gato.

A los pocos días nació Terú. Al ratito ya estaba intentando caminar, ahí entendimos por qué los teros no construyen el nido sobre los árboles, o en algún lugar alto. También aprendimos que tanto el tero como la tera se encargan de empollar, se van alternando.

Esta experiencia con Terú me hizo acordar de una escritora inglesa que me gusta mucho, Helen Macdonald. Es poeta, ilustradora y profesora de Historia y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Cambridge. Además, es cetrera profesional. Justamente en su libro H de halcón cuenta su experiencia mientras adiestra a un azor, o debería escribir una azora, dado que se llama Mabel. Va registrando avances, retrocesos, frustraciones en su vínculo con este animal tan hermoso y temible a la vez y, en paralelo, transita un duelo: hace poco tiempo su padre falleció inesperadamente.

Es un libro tan pero tan magnífico, lo leí hace varios años y no dejo de compartirlo. Macdonald combina de manera muy original información «dura», sobre la cetrería, su historia en Europa, las características de las aves, ciertos procesos químicos (hay todo un pasaje bellísimo sobre la vista de los azores y la percepción de los colores), y el duelo por la muerte de su padre, que la lleva a recordar su infancia, los juegos que compartía con él, las lecturas, el interés por la fotografía. También es un libro sobre los vínculos –entre humanos, entre animales, entre humanos y animales–, sobre el silencio, el dolor y la soledad, pero principalmente sobre el amor.

Volar al azor libre, sin la molestia del fiador, sin que nada impida su vuelo a lo lejos más que los vínculos que nos unen, vínculos palpables, pero no físicos, vínculos hechos de costumbre, de compañerismo, de familiaridad. De algo que los antiguos cetreros llamarían amor. Volar a un azor libre siempre da miedo. Porque es entonces cuando pones a prueba estos vínculos. Y no es fácil cuando has perdido la confianza en el mundo y tu corazón se ha convertido en polvo.

Y ya que estamos con Helen Macdonald, detengámonos un momento en otro de sus libros, entiendo que es el último y fue publicado en castellano como Vuelos vespertinos por Anagrama el año pasado. Acá se puede leer la introducción y un capítulo.

En este caso se trata de una colección de breves ensayos sobre la relación que mantenemos con la naturaleza, siempre con su mirada científica y su estilo de escritura tan conmovedor. Hay nidos, plumas, cerdos, ovejas, flores, pérdidas, encuentros, recuerdos, paisajes que van cambiando –y no de manera esperanzadora–, series, libros, viejas historias. Saber qué sucede alrededor no es solo conocimiento enciclopédico, sino la posibilidad concreta de un cambio.

En la introducción, Macdonald confiesa un deseo: «Espero que este libro funcione un poco como una Wunderkammer. Está lleno de curiosidades y trata de la importancia del asombro». No hay dudas de que así es.

Quiero cumplir con el objetivo originario de este blog, pero hay tanto sobre aves que vale la pena archivar que no sé por dónde recortar. Van las codas de siempre.

Coda 1: Dime cómo vuelas, un libro escrito por Laura Wittner e ilustrado por Marcos Farina. El protagonista nace fuera del nido, no sabe bien por qué, ¿se habrá caído? Enseguida es destinatario de la mirada ornitosocial, tiene unos minutos de vida y un claro mandato: ¿cómo va a volar? En un recorrido muy divertido y rimado que lo llevará a conocer a otras aves intentará descubrir su propia y única manera de volar. Un libro precioso.

Cada vez que leo esta parte me acuerdo de esta canción hermosa de Violeta Parra

Coda 2: Hace un tiempo vi la película Penguin Bloom. Cuenta la historia de la familia Bloom. Un matrimonio y sus tres hijos se van de vacaciones a Tailandia. La están pasando genial, la madre se apoya sobre una baranda que estaba floja y se cae dos o tres pisos, se fractura la columna y queda paralítica para el resto de su vida. Una historia tremenda. La peli es regular, entretenida, está basada en una historia real y Naomi Watts está espléndida. Creo que se puede ver por Netflix.

Coda 3: En el momento de pensar qué son estos objetos perdidos que se van archivando en este blog, surgió al toque el tema de las fotografías. La cantidad que almacenamos en teléfonos y computadoras es impresionante. Me asusta el número de mi archivo hoy: 11.250 fotos y 48 videos. Es el horror. El horror. El horror.

Va este intento ínfimo por conservar algunas de las fotos que saqué en un viaje a Ushuaia que hicimos en febrero de 2022. Son cormoranes y (creo) un aguilucho común que nos acompañó durante un descanso mientras comíamos, hubo momentos en que se acercaba bastante sin ningún drama.

Coda 4: ¿Cómo hablar de aves y dejar afuera una de las canciones más hermosas de todos los tiempos?

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