Querido Theo

A lo largo de su vida, Vincent Van Gogh le escribió más de seiscientas cincuenta cartas a su hermano Theo. Esta edición de Adriana Hidalgo, con selección y traducción de Víctor Goldstein, reproduce cuatrocientas de esas cartas.  

Elegí esta carta en particular porque al ir leyéndola una bien podría imaginar que va de visita al Rijkmuseum junto con Vincent. Es un texto extenso y sustancioso, en el que le cuenta a Theo que estuvo recorriendo el museo durante tres días. Va desandando el proceso de composición de los cuadros, sugiere mezclas que los pintores quizás hicieron, arma un breve tratado sobre el color en un lenguaje sencillo y claro, que permite comprender que cuando Van Gogh miraba un cuadro lo hacía con el cuerpo entero, como si pudiera apropiárselo con todos los sentidos. 

Dos de los cuadros que menciona me dieron ganas de volver a ver películas que en su momento me gustaron mucho, como Nightwatching, de Peter Greenaway, con ese Rembrandt tan divertido como atormentado que al levantarse le pide a la sirvienta y futura amante que le describa el rojo y el amarillo como si le estuviera hablando a un ciego. Y la otra es Les glaneurs et la glaneuse, de la siempre conmovedora Agnès Varda (en el link se puede ver con subtítulos en español). Bueno, y una más, inmediatamente posterior a la época de la carta, cuando Van Gogh se muda a Francia: At Eternity’s Gates, de Julian Schnabel. Una película bastante criticada que me pareció íntima y hermosa.

Va entonces la carta elegida, y una breve coda.  


Octubre de 1885

Querido Theo:

Esta semana fui a Ámsterdam; casi no tuve tiempo de ver otra cosa que el museo. Pasé tres días en él: salida el martes, regreso el jueves. Resultado: me siento muy feliz de haber ido, cueste lo que cueste. Ya no me acordaba de haber estado tanto tiempo sin ver cuadros.

Ya había aplazado y vuelto a aplazar este viaje, a causa de los gastos; este viaje y tantas otras cosas. Pero más vale que no me imagine que ese procedimiento es el bueno. Tengo demasiada necesidad de trabajar, y cuando miro los viejos cuadros desde el punto de vista de la técnica, ahora soy capaz de ver cosas que antes no veía, veo que tengo más necesidad de eso que de hablar.

No sé si te acuerdas que a la izquierda de la Ronda nocturna, por lo tanto, frente al «Syndics des drapiers», hay un cuadro (hasta ahora me era desconocido) de Frans Hals y P. Codde: una veintena de oficiales de cuerpo entero. ¿Le has prestado atención? Si no, ese cuadro, por sí solo (sobre todo para un colorista), vale la pena que se haga adrede el viaje a Ámsterdam. Hay allí un personaje, el del abanderado, en el rincón, bien a la izquierda, contra el marco, una figura que, de la cabeza a los pies, está pintada en un gris llamémosle gris perla, de un tono neutro característico, obtenido aparentemente con naranja y azul mezclados de tal manera que se neutralizan mutuamente; haciendo variar ese tono fundamental, haciéndolo aquí un poco más claro, allá un poco más oscuro, todo el personaje da la impresión de estar pintado con un solo gris: sin embargo los zapatos de cuero son de otro material que las calzas, que los pliegues del pantalón, que el jubón; todo eso es de diferentes colores; sin embargo, todo está hecho con grises que son de la misma familia.

The Meagre Company, Frans Hals y Pieter Codde, 1637.

Escúchame bien. En ese gris, ahora va a introducir azul y naranja, y un poco de blanco; el jubón tiene nudos de cintas de raso de un azulcito divinamente suave; la faja y la bandera son naranja, el cuello blanco.

Naranja, blanco, azul, como los colores nacionales de entonces, naranja y azul juntos, gama magnífica, sobre un fondo gris, los dos colores sabiamente mezclados, acaso los llamaría polos de electricidad (siempre en materia de color) y cercanos de manera que se destruyen mutuamente al lado de ese gris, de ese blanco. En otra parte, en ese cuadro, otras gamas de naranja al lado de otro azul; en otra parte más, los negros más maravillosos, al lado de los blancos más exquisitos. Las cabezas, una veintena, chispeantes de vida e ingenios, ¡y hechas de qué color!, las posturas soberbias de todos esos personajes, de cuerpo entero.

Pero el muchacho naranja, blanco y azul, en el rincón izquierdo del cuadro, raramente vi un personaje más divinamente hermoso. Es único.

Delacroix también se hubiera entusiasmado al extremo. Me quedé como clavado, literalmente. Y además, tú conoces el cantor, ese tipo que ríe, un busto negro verduzco y carmín también en tonos carne.

Conoces el busto del hombre de amarillo limón mitigado, cuyo rostro, gracias a las oposiciones de tonos, es de un bronce audaz, magistral, de un rojo vivo (¿violeta?).

Burger escribió sobre La novia judía de Rembrandt, como escribió sobre Vermeer de Delft, como escribió sobre El sembrador de Millet, como escribió sobre Frans Hals, entregándose a ello por entero, superándose. El cuadro de los «Syndics» es perfecto, es el más hermoso de Rembrandt; pero La novia judía (contada aparte), qué cuadro íntimo, infinitamente simpático; pintado con una mano de fuego. Ves, Rembrandt, en los «Syndics» es fiel a la naturaleza, aunque también allí, y por otra parte siempre, permanece noble, de una nobleza muy grande, de una elevación infinita. No obstante, Rembrandt era capaz todavía de otra cosa, cuando no sentía la necesidad de ser literalmente fiel a la naturaleza, como debe ser en el retrato, cuando podía operar en el plano poético, ser poeta, es decir creador. Y eso es lo que es en La novia judía.

La novia judía, Rembrandt Harmenszoon van Rijn, 1666.

¡Qué bien hubiera comprendido ese cuadro Delacroix! Qué noble sentimiento, de una profundidad insondable. Es necesario haber muerto varias veces para pintar así. Esa era una frase que conviene a ese cuadro. Pero, para volver a Frans Hals y a sus cuadros, se puede decir que aquel está siempre con los pies en la tierra; Rembrandt sondea tan profundamente el misterio que dice cosas para las cuales no hay palabras, en ninguna lengua.

Con mucho derecho es que se llama Rembrandt: el mago… No es un oficio fácil.

Embalé diferentes naturalezas muertas que recibirás la semana próxima, con dos recuerdos más de Ámsterdam que apunté al vuelo, y también algunos dibujos. Dentro de poco te enviaré también un libro de Goncourt: Cherie. Goncourt es siempre bello en su manera de escribir; ¡y tan fiel! ¡Y lo que dice es tan trabajado!

En Ámsterdam vi dos cuadros de Israels, especialmente El pescador de Zandvoort, y uno de sus últimos: una vieja, enrollada sobre ella misma como un montón de trapos, cerca de una cama donde yace el cuerpo de su marido. 

El pescador, Jozef Israels, 1883.

Los dos me parecieron magistrales. Que digan lo que quieran de la técnica –palabras de fariseo, palabras huecas, hipócritas–, los verdaderos pintores igual se dejan llevar por esa conciencia que se llama sentimiento; su alma, su cerebro no están al servicio de su pincel, sino su pincel al servicio de su espíritu. Por eso la tela tiene miedo de un verdadero pintor, y no el pintor de la tela.

También vi en Ámsterdam cuadros de pintores de hoy, de Witkamp y de otros. Witkamp es el mejor de ellos, hace pensar en Jules Breton. Vi otros, los vuelvo a ver con el pensamiento, pero que no nombraré, y que se esfuerzan mucho por lo que ellos llaman la técnica; pero justamente en materia de técnica los encuentro débiles. Tú los conoces, todos sus tonos grises, fríos, que ellos creen distinguidos, y que son chatos, castrados, mezclas infantiles. En este momento, para comodidad de los pintores que trabajan en lo que ellos creen que es una gama clara y distinguida, están fabricando colores hechos ex profeso, que consisten en mezclas de colores comunes con blanco puro.

Créeme, la técnica, la mezcla de los colores, el modelado de El pescador de Zandvoort, por ejemplo, es, en mi opinión, Delacroix, y Delacroix del bueno; y los grises fríos y chatos de hoy no significan gran cosa en cuanto a técnica: es el color, y un Israels está por encima del color. Tú sabes que no hablo aquí de Jaap Maris, de Willem Maris, de Mauve, de Neuhijs, que trabajan de la buena manera, cada uno en su propia gama, característica, Blommers, etc.

Pero la escuela de esos maestros, sus discípulos, me parece, Theo, que se han vuelto pobres.

También vi Fodor.

El pastor de Decamps es una obra maestra. ¿Y te acuerdas del Meissonier, Bosquejo de un lecho de muerte? ¿Y el Díaz?

Luego está Bosboom, Waldorp, Nuyen, Rochussen, los pintores originales de esta época de hace cuarenta años; siempre los veo de buena gana.

Rochussen tiene tanto entusiasmo como Gavarni.

Las naturalezas muertas que trato de hacer son estudios para el color.

Voy a hacer otras; no pienses que sea inútil. Al cabo de poco tiempo estarán embebidas, pero, al cabo de un año, por ejemplo, mejores que ahora, cuando hayan secado a fondo y recibido un sólido barniz. Si pinchas con chinches sobre una de las paredes de tu cuarto un gran número de mis estudios, tanto antiguos como estos, mezclados, verás, creo, que hay una relación entre esos estudios, y que los colores quedan bien uno al lado del otro.

Hablando de «demasiado negro» me siento muy feliz de que encuentren mis estudios demasiado negros, tanto más feliz cuanto que cada vez veo más cuadros de esos pintados en una gama infantil y fría.

Ve El pescador de Zandvoort, y con qué está pintado. ¿Está pintado, sí o no, con rojo, amarillo, negro y un poco de blanco sucio, con marrón (todo bien mezclado y quebrado)? Cuando Israels dice que no se debe ser negro, es seguro que no quiere hablar de nada más que lo que se hace ahora; quiere decir que se debe dar color en las sombras, pero eso no excluye ninguna gama, por más baja que sea, y tampoco, naturalmente, la de los negros y de los marrones y de los azules oscuros.

Pero ¿para qué pensar en eso? Más vale pensar en Rembrandt, en Frans Hals, en Israels, que en esa impotencia de fachada.

[Para ver en detalle The Meagre Company y un escáner alucinante que permitiría definir qué parte pintó cada uno, clic]

Coda: desde chica me encanta todo lo relacionado con el coleccionismo; junté figuritas, papeles de carta, autitos, flores secas, marquillas de cigarrillos, diarios de todo el mundo, piedras… Hoy sigo coleccionando algunas de estas cosas, pero sobre todo prendedores. Tengo una colección que se llama Prendedores Ermelinda (pequeño homenaje a mi abuela, de ella heredé varios y la idea de coleccionarlos). 

No quiero extenderme mucho más, pero anduve leyendo El coleccionista apasionado, de Philipp Blom, un libro interesantísimo sobre la historia del coleccionismo, lleno de datos y puntas para seguir investigando. Y esta cita hermosa:

Coleccionar como proyecto filosófico, como un intento de comprender la multiplicidad y el caos del mundo, y tal vez incluso de encontrar en ese caos un significado oculto.

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