Querido John – Querido Paul

Todo comienza cuando J. M. Coetzee le escribe una carta a Paul Auster en la que le propone mantener un intercambio epistolar. A lo largo de tres años, se envían opiniones y anécdotas sobre los más variados temas: el proceso de escritura, el deporte, la literatura, la economía global, las invitaciones que reciben para participar en congresos y ferias alrededor del mundo, el matrimonio, el amor, la amistad.

Si bien el procedimiento es tan clásico como sencillo (despachar la carta en el correo), a veces se torna confuso, porque recurren también al fax o incluso Coetzee le manda su carta adjunta en un mail a la casilla de Siri Hustvedt para que se la imprima a Auster. Claro que esto no afecta en lo más mínimo el valor y la originalidad de las cartas; son tan buenas que ni siquiera las empaña la autorreferencialidad de Auster, que por suerte va desapareciendo a medida que el intercambio epistolar avanza.

Coetzee cuenta que estuvo leyendo El monolingüismo del otro, un breve libro de Jacques Derrida sobre la lengua materna, lo que les da pie a que comiencen a escribir sobre el tema. Me interesaron particularmente estas cartas, porque colaboran de alguna manera a pensar sobre una cuestión en la que anduve dando vueltas todo el año pasado: dos de mis libros favoritos del 2020 fueron escritos en inglés por escritorxs que tienen como lengua materna el español: Desierto sonoro, de Valeria Luiselli, y A lo lejos, de Hernán Díaz.

Van entonces las dos cartas elegidas, y una breve coda.


11 de mayo de 2009

Querido John:

Gracias por el fax de ayer. Me parece que por fin hemos dado con un sistema viable. Una carta lenta a través de los mares desde América a Australia y luego una rápida transmisión electrónica de papel desde una habitación en Adelaida a una estancia de una casa en Brooklyn. […]

Hará unos veinte años, estaba viendo el informativo de la noche cuando dieron la noticia sobre alguna ciudad sureña cuya junta educativa –debido a cuestiones presupuestarias, creo– había decidido prescindir de la enseñanza de lenguas extranjeras. Entrevistaron ante la cámara a una serie de ciudadanos de la localidad pidiéndoles su impresión sobre el cambio de situación, y un hombre dijo (y cito textualmente, sus palabras se cincelaron a fuego en mi cerebro y se me han quedado grabadas desde entonces): “A mí no me parece mal, no me plantea ningún problema. Si el inglés era suficientemente bueno para Jesucristo, también lo es para mí”.

Por estúpido e inquietante que sea el comentario (y cómico también, desde luego), parece tocar un aspecto fundamental de la lengua materna. Uno está tan imbuido de su propia lengua, la percepción del mundo se halla tan profundamente moldeada por el idioma que uno habla, que a cualquiera que no hable como uno se lo considera un bárbaro; o a la inversa, resulta inconcebible que el hijo de Dios haya hablado un idioma distinto del propio, porque él es el mundo, y el mundo solo existe en una sola lengua, que casualmente es la propia.

Hace solo tres generaciones, mis bisabuelos hablaban ruso, polaco y yidish. El que yo me criara en un país angloparlante me parece un hecho enteramente contingente, una casualidad de la historia. La madre de mi padre –mi abuela demente y homicida– pasó toda la vida en Estados Unidos pero hablaba inglés con un acento tan marcado que me resultaba difícil entenderla. Lo único que la vi leer alguna vez fue el Daily Forward, un periódico publicado en yidish. Más interesante aún es el padre de Siri. Noruego-americano de tercera generación, nacido en 1922, se crio en una comunidad rural tan aislada –habitada principalmente por inmigrantes noruegos y sus descendientes–, que toda la vida habló con un inconfundible acento noruego. ¿Cuál era su lengua materna? La madre de Siri, nacida en Noruega, no vino a este país hasta cumplir los treinta, y como su madre se fue a vivir a Minnesota con los Hustvedt cuando nació Siri (lo que significó que el noruego se convirtió provisionalmente en la lengua familiar), el primer idioma que habló mi mujer fue el noruego. ¿Cuál es su lengua materna? Es norteamericana, es una escritora soberbia cuyo medio es la lengua inglesa, y sin embargo de vez en cuando comete algún pequeño desliz, sobre todo con las preposiciones (el elemento más desconcertante de cualquier idioma). Ha corrido mucha agua bajo el puente. Ha llovido mucho desde entonces. Las dos expresiones significan lo mismo: eso es cosa del pasado. Pero Siri es la única persona que dice: Ha llovido mucho sobre el puente.

Tú naciste en un país bilingüe, lo que complica considerablemente el asunto. Pero si de pequeño hablabas inglés en casa, entonces tu lengua materna es el inglés. Un inglés sudafricano, posteriormente atenuado por tus largas estancias en las tierras del inglés británico, americano y australiano. También hay un inglés irlandés, indio, caribeño y Dios sabe cuántos más. Igual que a los ingleses ya no les pertenece su críquet ni su fútbol, tampoco son dueños de su propio inglés. Ríete del concepto de “americano” si quieres, pero el caso es que cuando los franceses publican libros de escritores estadounidenses, en la portada dice: traduit de l’americain, y no traduit de l’anglais. Tengo muchos motivos de queja contra Norteamérica, pero el inglés en su encarnación americana no se encuentra entre ellos.

Por otro lado, a los que somos escritores –sin importar cuál sea nuestra lengua– nos deberían animar estas palabras de Groucho Marx: “Fuera de un perro, el mejor amigo del hombre es un libro. Dentro de un perro está muy oscuro para leer”. Me refiero, por supuesto, al hermano de Harpo. Cuyo verdadero nombre era Julius.

Con afectuosos saludos para Dorothy y para ti,

Paul

Auster y Coetzee en la Feria del Libro de Buenos Aires del 2014

27 de mayo de 2009

Querido Paul:

Me cuentas que en las páginas de créditos de las traducciones al francés de tus libros dicen: Traduit de l’american. Las mías dicen: Traduit de l’anglais (Sud-Africaine). Me gustaría que alguien señalara los momentos en que mi anglais se vuelve sud-africaine. A mí me parece un inglés purgado de marcas de origen nacional, y por eso mismo un poco falto de vida.

Creo que discrepo contigo en la cuestión de la lengua materna (aunque no puedo evitar fijarme en que sueles evitar esa expresión más bien cargada de sentimiento y en su lugar usas «primer idioma»). Estoy de acuerdo en que la Weltanschauung de uno la conforma el idioma en que uno habla y escribe con más facilidad, y hasta cierto punto, en que uno piensa. Sin embargo, no la conforma tan profundamente como para impedirle a uno situarse lo bastante fuera de ese idioma como para examinarlo críticamente, sobre todo si uno habla o por lo menos entiende otro idioma. Es por eso por lo que digo que es posible tener un primer idioma y sin embargo no sentirse del todo cómodo con él: es, por así decirlo, tu lengua primaria, pero no tu lengua materna.

Este fenómeno está más extendido de lo que parece. En Europa, por ejemplo, antes de que llegaran los estados-nación y el triunfo de los idiomas nacionales, el latín –que no era la lengua materna de nadie– era el medio de transmisión de la vida intelectual. La misma situación existe hoy día en África con relación al inglés y (en menor medida) al francés y al portugués. En África no es posible en la práctica ser un intelectual en tu lengua materna. En la India y en Pakistán, donde es la lengua natal solo de una minúscula minoría, el inglés es el medio de gran parte de la literatura y de toda la ciencia.

Tú señalas que el inglés americano el inglés indio existen, e insinúas que estos «idiomas ingleses» tienen estatus de lengua materna en Estados Unidos y en la India respectivamente. Pero la verdad es que sobre la página (no hablo de en el habla oral o en la calle) estos idiomas solo se distinguen del inglés en aspectos triviales: alguna que otra locución o frase hecha aquí y allá, pero no en el vocabulario básico (que es lo que tiene un poder tan determinante sobre la epistemología del hablante) ni en la sintaxis (que es lo que dicta las formas del pensamiento).

Como te dije, me he puesto a pensar en la cuestión de la lengua materna después de leer a Derrida. Empecé a sentir mi propia situación de forma más aguda después de trasladarme a Australia –pese al hecho de que dentro de su territorio hay veintenas de idiomas aborígenes que siguen aferrándose a la vida y pese al hecho de que desde 1945 ha promovido una inmigración masiva desde el sur de Europa y Asia– es mucho más «inglesa» que la Sudáfrica donde nací. En Australia la vida pública es monolingüe. Y lo que es más importante, las relaciones con la realidad están mediadas de una forma notablemente no cuestionada por un solo idioma, el inglés.

El efecto que ha tenido en mí vivir en un entorno tan saturado del inglés ha sido peculiar: ha credo una distancia escéptica cada vez mayor entre yo y lo que yo llamaría en sentido amplio la Weltanschauung anglosajona, con sus plantillas inherentes que dictan cómo uno piensa, cómo uno siente las cosas, cómo se relaciona con los demás y todo eso.

Cordialmente,

John


Coda: tengo mi ejemplar firmado por los dos. ¿Será una buena herencia? Por las dudas dejo todo ordenado: frente a una posible sospecha de fraude, queda este documento fotográfico que registra el mismísimo momento en que Paul Auster nos firma el libro (por suerte no hay registro de la conversación: «To Virginia, please» / «No, just my signature»). 

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