
Nomás paso a dejar el testimonio del que será, sin lugar a dudas y aunque falten cinco meses para que termine el 2021, mi libro del año.
Leerlo es un fiesta a puro goce. El lenguaje estalla. Pauls hace con las palabras lo que quiere, como quiere, y siempre le sale bien.
Dice Barthes: «Texto de goce: el que pone en estado de pérdida, desacomoda (tal vez incluso hasta una forma de aburrimiento), hace vacilar los fundamentos históricos, culturales, psicológicos del lector, la congruencia de sus gustos, de sus valores y de sus recuerdos, pone en crisis su relación con el lenguaje». Eso es lo que sucede mientas se lee La mitad fantasma. No es válida una lectura picoteada ni distraída, exige celosa dedicación. Y lo bien que hace. Es tanto más lo que da a cambio.
Lo vio todo quiere decir: vio también lo que nadie que se pone a las órdenes del amor sin condiciones está dispuesto a ver, no al menos en ese trance de tembloroso y ciego entusiasmo en el que renuncia a su identidad civil para vestir la ropa de fajina en la que, llegado el caso, no tendrá ningún problema en morir: vio insomnio, hijos, amantes, bancarrotas, sobrepeso, reuniones de padres, pérdida de pelo, cielorrasos que se llueven, camas de hospital, grupos de autoayuda. Y, paseando del brazo en medio de esas hecatombes, siempre un poco más viejos pero impecables, estilizados por la elegancia limpia de la modestia, como una pareja de jubilados japoneses, los vio a ellos dos, inconfundibles, más altos y fuertes que todos los desastres.