
Quería que fuera la foto obvia del libro sobre un fondo de nubes, pero trabajé todo el día y cuando me di cuenta ya era de noche. Es lo que hay.
Nube con forma de nube se publicó hace unos años, quizás demasiados para la tiranía de la novedad editorial: 2016. Lo editó Kalandraka en la colección Orihuela, dedicada a libros de poesía, y además publican, gracias a un acuerdo con el ayuntamiento de Orihuela, al ganador de cada año del Premio Internacional de Poesía para niños y niñas “Ciudad de Orihuela”. El ilustrador es Diego Bianki, y el trabajo que hizo no solo es precioso sino que cada dibujo ofrece una interpretación inesperada, por así decirlo, del poema que acompaña. Son ilustraciones que abren un espacio para explorar, para jugar a combinar las imágenes con las palabras. Como acostarse de panza al cielo y descubrir en las nubes animales, personas, cosas…

Leerlo me llevó a recordar juegos de mi propia infancia, estrategias que usábamos para no aburrirnos cuando teníamos que acompañar a algún adulto a hacer un trámite o esperar que llegara la comida en un restaurante o durante un viaje en auto. Las palabras estaban a disposición, listas para armar distintos juegos, y así empezaban las rondas de animales con A, con B, con C… Una suerte de tutti frutti oral. O la construcción de historias acumulativas: Había una vez / Había una vez una nena / Había una vez una nena que se llamaba… El disparate nunca demoraba en aparecer.

Los poemas de Nube con forma de nube juegan con el lenguaje, abordan la polisemia de manera original y la fantasía se hace presente para descontracturar, para imaginar, para perder el tiempo y ganar palabras, imágenes y significaciones nuevas.